Después de pasar el Ecuador
19/10/2012 7:55am | Recuerdo la primera vez que le dije a mi papá que me iba a dedicar al periodismo deportivo
Recuerdo la primera vez que le dije a mi papá que me iba a dedicar al periodismo deportivo. “Pero si aquí lo que gusta es el beisbol”, me respondió. Hacía la cita desde sus genes, de haber seguido como fanático el fútbol, y nunca haber comprendido las reglas básicas de la pelota, a pesar de vivir una catarata de años en Nueva York.
Y, en efecto, mis primeros pasos en los estadios de balompié de Venezuela alimentaban las dudas de mi progenitor. Claro, también las goleadas. Los directores de medios le prestaban poco atención a la fuente y quienes la cubríamos éramos vistos como los loquitos de las salas de redacción. La improvisación de la FVF agravaba el panorama.
Al primero que le escuché afirmar que “esto va a cambiar” fue a José Omar Pastoriza. Lo expresó sin rabia, un día en que no encontraba una cancha para entrenar al once patrio. Así era la Vinotinto de entonces, una selección que le dolía a pocos, a muy pocos.
¿A qué viene este flashback deportivo? Pues que pensaba en ello al terminar el partido contra Ecuador. El empate dividió a la opinión pública y se abrió un debate sobre la utilidad de la unidad. Si bien se volvía a ceder puntos en casa, con esa igualdad la Vinotinto subía al cuarto puesto, lugar que da clasificación directa a Brasil 2014. Ayudada, sí, por los resultados en otras canchas.
¿Que se discuta abiertamente este tipo de situaciones es consecuencia del crecimiento del balompié venezolano? No me atrevería a asegurarlo, porque al día siguiente se jugaba la Copa Venezuela y su clandestinidad permitió capítulos absurdos como el partido Estudiantes-Guaraní (empezó 45 minutos después por falta de policías y solo se jugó 20 minutos del segundo tiempo). La ausencia de televisión en el mismo torneo da una idea general del asunto.
La selección nacional despierta muchos sentimientos; sin embargo, una vez que sus jugadores vuelven a sus equipos, regresa la apatía por el torneo local. Desde la falta de compromiso de la FVF por mejorarlo, a las pocas asistencias a los estadios, se hace evidente esa bipolaridad que acompaña al fútbol venezolano.
Los propios fanáticos establecen etiquetas para diferenciar a los seguidores fieles de los que no lo son: los llaman faranduleros o pasteleros. Estos últimos –siempre según la etiqueta– solo aparecen cuando juega la selección o los resultados son positivos en las copas internacionales (Libertadores, Sudamericana, etc.). ¿Qué se debe hacer para que no se establezcan estas fronteras? ¿Cómo pueden fortalecerse las infraestructuras para sumar al público cautivo que abandona cuando la Vinotinto descansa? Esa debería ser una meta conjunta a trabajar, se clasifique a Brasil o no.