Entre la antorcha y la libertad
13/04/2012 8:25am | En primer lugar, pido excusas porque, estando en las páginas de fútbol, voy a hablar de beisbol
En primer lugar, pido excusas porque, estando en las páginas de fútbol, voy a hablar de beisbol. Aunque, si vamos al fondo del asunto, más que de beisbol, escribiremos sobre algo tan delicado, manido, manoseado, interpretado, como lo es la “libertad de expresión”.
¿Debía Oswaldo Guillén disculparse por decir lo que dijo? La respuesta a esta pregunta no tiene blancos o negros. Podríamos gastar toda una edición de Líder y aún no llegaríamos a una respuesta que convenza a los defensores del "sí" o el "no"; sin embargo, creo que el tema permite tocar algunos ángulos que pueden ser de interés del lector y que, además, como todo análisis, enriquece la discusión.
En una conversación con Octavio Hernández, redactor de la fuente de beisbol de este periódico, concluíamos en que en un hipotético caso,
si Guillén quisiera llevar a juicio a los Marlins por cercenar su libertad de expresión, ganaría de calle. El tema de expresar una opinión sin censura es casi una obsesión para la sociedad norteamericana y pocos jueces deciden en contra de esa tendencia. Dos películas ilustran bien este principio: "People vs Larry Flynt". La otra es "Lenny", personaje que interpreta Dustin Hoffman. Está basada en la vida de Lenny Bruce (1925-1966), un humorista cuyas opiniones y bromas nunca fueron políticamente correctas. Tuvo que esperar hasta 2003 para ser indultado de forma póstuma por el entonces gobernador de Nueva York, George Pataki. El argumento: la Constitución de Estados Unidos reconoce la libertad de expresión.
Guillén, en su alusión a Fidel Castro, se basó en algo que ha hecho desde que asumió su carrera en las Grandes Ligas: decir lo que le da la gana. Siempre se ha visto como ciudadano del mundo y no como un empleado de una empresa. Largas son sus citas negativas sobre la gerencia de los Medias Blancas de Chicago, y, sorprendentemente, salió ilesa de todas ellas. En Miami, la historia, cambió.
Tenía dos caminos Ozzie: mantener su discurso (lo que seguramente llevaría a una ruptura con su nuevo equipo)
o retractarse (lo que seguramente solicitó la gerencia, por los intereses económicos que existen con la comunidad cubana). Esta vez Guillén no respondió como ciudadano del mundo, sino como empleado de los Marlins de Miami. Cuando esto sucedió pensé en Gabriel García Márquez. El colombiano, mientras la gran mayoría de intelectuales reconocidos se ha ido apartando del régimen castrista por el tema de los Derechos Humanos, ha permanecido fiel al proceso. ¿Toda esta gente que quiere que Guillén deje de dirigir, también dejó de leer al Gabo? ¿Quemó sus libros? ¿Prohíbe que sus textos se enseñen en las escuelas?
Que Guillén se equivocó o no, es una opinión que pasa por el tamiz de nuestra ubicación política (derecha o izquierda), pero, personalmente, antes que sacar una antorcha para quemar a Frankenstein, prefiero seguir la frase mal atribuida a
Voltaire: "No creo en lo que dices pero defiendo tu derecho a decirlo".