Era de esperarse y todos los técnicos lo han dicho: Brasil es la mejor selección del Premundial. Al término de la primera fase, o la “ventana” como se dice en estos tiempos, el equipo de la geografía inabarcable ha partido, tomado el vuelo al infinito y ya se pierde en la inmensidad.
Aun sin Neymar, su astro mayor, y hasta sin Casemiro ni Coutinho, los demás le ven como si fuera una deidad del fútbol suramericano. A eso se le llama tradición pentacampeona mundial, a eso se le llama la envidia de los europeos que sienten, cuando lo ven salir al campo, una sensación que va, en ida y vuelta, de la admiración al respeto.
Bueno, pero por ahí viene la Argentina rociando a sus adversarios con el agua del río de la Plata. Parece que los argentinos reviven aquellos grandes equipos del pasado, los de 1978 y 1986, cuando dejando atrás complejos ancestrales tuvieron alma para ponerse la corona… y tuvieron también a Diego Maradona, cualquier cosa.
Ahora han conjuntado un equipo que ha amalgamado la conciencia de su papel histórico, de la noción clara de ser argentinos y de ser representantes del abolengo de su raza. Por ahí andan Lionel Messi y Ángel Di María, y ese volcán en plena erupción llamado, como un outsider revelado, Nicolás González.
Y por ahí anda, merodeando como las fieras a los venados en la planicies de la África misteriosa, la Vinotinto de tantas ilusiones. Comenzó tambaleante, sin horizontes a la vista, y cayó sin remedio tres veces. No obstante, lo peor del ser humano es resignarse a un destino inapelable, al infortunio sin remedio y para eso no está Venezuela.
Le presagiaban nubes oscuras, pero la victoria sobre Chile ha hecho que las alas hayan renacido, que un tal Darwin Machis y un tal Salomón Rondón lleguen al alma de la gente, y que si Argentina tiene como hombres inesperado a Nicolás González, la Vinotinto se regodea con Luis Mago. A Chile, gracias por tanto.
A la Vinotinto se le reconoce su perseverancia para el orden defensivo, y a veces su querer y no poder. Pero contra los chilenos la operación comenzó a cambiar: tal parece que ha comenzado a querer y poder. Vaya, es eso lo que el país espera con ansiedad de Penélope.
Tiempo de sembrar y tiempo de cosechar, tiempo de llorar y tiempo de reír, dice la sagrada Biblia. Las selecciones de Sur América pueden decir que llega un tiempo para pensar y otro para reordenar las fuerzas perdidas y pensar en lo que habrá de venir desde marzo de 2021. Por ahora, Brasil vuela, Argentina planea, Venezuela ilusiona.
Sí, la Vinotinto ilusiona.




