Ya son pocos los días que restan para conocer el veredicto del Salón de la Fama de las Grandes Ligas correspondiente a esta temporada. No he sido un eterno seguidor del acontecimiento, pero desde 1984, y no por mera casualidad, cada vez que se acerca la hora de conocer a los nuevos miembros si los hay, me resulta inevitable no evocar aquel instante, y ya entenderán por qué.
Ese año 1984, Luis Aparicio fue elegido por el comité, convirtiéndose en el primer venezolano, y el único hasta el presente, con una placa entre los inmortales congregados en el pabellón de Cooperstown. Sin embargo, la historia que nos ocupa, digamos que es más personal, sin subestimar en modo alguno lo acontecido entonces con Aparicio.
Debió ser la segunda o la tercera semana de enero. Ya no importa, pero como era habitual, esa noche me hallaba en el estadio Universitario siguiendo para El Nacional el juego entre los Leones del Caracas y los Tigres de Aragua, correspondiente a la temporada 83-84. Fue entonces, cuando a través del anunciador interno, se pidió a la concurrencia un minuto de silencio para escuchar a Delio Amado León decir que Aparicio había sido electo al Salón de la Fama.
Horas más tarde, sin pensarlo demasiado, active uno de los más formidables consejos que haya recibido como periodista. Salí de mi casa en Caricuao, y en vez de ir al periódico a recoger la pauta del día, fui directo a Radio Caracas Televisión en la esquina de Bárcenas. Tenía la certeza de que allí encontraría a Aparicio, que entonces era uno de los comentaristas de beisbol del canal.
No sabía si El Nacional pensaba enviarte. Si tendría cómo asistir. Si contaría con recursos para pagar el viaje, incluido boleto aéreo, hotel, comida y demás necesidades del caso.
Al final, el periódico me envió. “Suspende las vacaciones que vas para Cooperstown”, me ordenó Heberto Castro Pimentel. Nunca había cumplido una encomienda con más satisfacción.
Al llegar a la recepción del hotel Otesagaen Cooperstown, allí estaba mi credencial y me dispuse a disfrutar, profesional y personalmente, de uno de los instantes más satisfactorios y felices de mi carrera.
La inspiración periodística de Don Luis Aparicio
Sin proponérmelo, la historia de Aparicio se convirtió en estandarte del consejo recibido de Heberto Castro y Rodolfo Mauriello al llegar a El Nacional en 1976 a mis 25 años. Cuando en 1979, Aparicio no consiguió ingresar a Cooperstown en su primera oportunidad, me encargaron un artículo para que tratara de explicar lo sucedido.
El motivo principal era la sola presencia del legendario Willie Mays entre los aspirantes. Lo titulé “Marichal llegará antes que Aparicio al Salón de la Fama”, como de hecho ocurrió en 1983.
Me felicitaron satisfechos con la visión de su pupilo, y durante las siguientes cuatro infructuosos intentos, me apropié de la responsabilidad de esclarecer lo ocurrido en cada oportunidad, hasta su ingreso inevitable en en la elección correspondiente a 1984.
EN TIPS
Siempre listo. Desde entonces el periodismo impreso ha dado un vuelco espectacular. Incluso ha esta a punto de desaparecer. Sin embargo, conserva varios de sus principios eternos. El rigor por la verdad, respeto por el lector y el idioma, redactar con buen gusto, y afecto por lo que se hace.
Es solo un juego. El 20 de la próxima semana conoceremos el veredicto del Salón de la Fama de las grandes ligas. Tiempos distintos a los vividos en la era de Luis Aparicio, aunque en términos periodísticos, similares en su percepción. No es más que un juego.




