Tripleplay | El eterno encanto de las barajitas

Por primera vez tuve conciencia de lo que era una barajita o un cromo de beisbol, a principio de 1961. Mauricio Blanco, mi compañero de cuarto grado en la Gran Colombia, intentaba inculcarme el gusto por el juego.

Todas las mañanas antes de entrar al salón de clases con la maestra Irma Román, ofrecía un pormenorizado resumen de lo ocurrido con los Leones del Caracas durante la jornada anterior. Junto a su interés por unirme al fanatismo, Mauricio procuraba que me sumara a la afición por los Leones, lo que consiguió dada mi ignorancia en la materia.

Había otros equipos, pero escuchar solo al Caracas, fue suficiente para imaginar que era el único que podía seguir.

Asimismo extraía del bulto aquellas tarjeticas donde sobresalían los rostros de los peloteros. Eran la prueba tangible de que el beisbol era un mundo que bien valía la pena prestar atención, seguir sus pasos para comprobar que algo maravilloso había en su interior, que amenazaba en cambiar para siempre nuestras vidas.

Se estrenó con la barajita de Bill Mazeroski, el más célebre de los jugadores de las grandes ligas en esos momentos. En la último Serie Mundial, Mazeroski había dado un jonrón para que los Piratas de Pittsburgh derrotaran a los Yanquis de Nueva York. Según Mauricio, había sido un acontecimiento sin precedentes. Dada mi incultura no tenía otras opción que seguir a pie juntos sus insinuaciones. Bien intencionadas, qué duda cabe.

Todos estos recuerdos emergieron porque se cumplen 71 años de la aparición de la primera colección de barajitas de la Topps, justamente a la que pertenece el Bill Mazeroski que Mauricio Blanco empleó para introducirnos en su afecto.

Cuando la Topps salió al mercado estadounidense en 1951, el gusto por las barajitas se remontaba al siglo XIX, y no son pocas las otras colecciones publicadas desde entonces. Sin embargo, que haya sido la que me reveló el encanto por esa eterna afición, hizo de la Topps mi favorita.

La primera colección de la Topps en 1951 dispuso de 104 cromos extraídos de los diez y seis equipos que entonces convivían en las ligas mayores: en la Liga Americana, los Yanquis de Nueva York, los Indios de Cleveland, los Medias Rojas de Boston, los Medias Blancas de Chicago, los Tigres de Detroit, los Atléticos de Filadelfia, los Senadores de Washington y los Carmelitas de San Luis. En la Liga Nacional, los Gigantes de Nueva York, los Dodgers de Brooklyn, los Cardenales de San Luis, los Bravos de Boston, los Filis de Filadelfia, los Rojos de Cincinnati, los Piratas de Pittsburgh y los Cachorros de Chicago.

Los más recientes cultores de la colección de barajitas, se verían sorprendidos por los cambios experimentados por las propuestas. No podía ser de otra manera ante el avance de la fotografía, los colores, el papel, los diseños y las ofertas para competir con las otras firmas en procura de atrapar el interés de los aficionados.

Alfonso Carrasquel: una presencia especial

Entre los 104 peloteros que tuvieron el privilegio de inaugurar la primera colección de las barajitas Topps en 1951 hay un venezolano, Alfonso Carrasquel.

De hecho, es el primer venezolano en figurar en una colección de estas características. Había llegado a las grandes ligas en 1950 como el nuevo campocorto de los Medias Blancas para reemplazar al eterno Luke Appling, quien había sido el torpedero del Chicago desde 1930.

A sus todavía escasos 22 años de edad, Carrasquel se estrenó en las ligas mayores con un promedio de 282 puntos en bateo, a través de 141 de los 154 juegos del equipo, incluyendo 72 carreras anotadas y 46 remolcadas.

Participó en 113 jugadas de dobles matanzas.

EN TIPS

El único latinoamericano. Alfonso Carrasquel es también el exclusivo latinoamericano en el muestrario de estreno de 1951. Más adelante, aparecería en las muestras de la Topps correspondientes a las temporadas de 1952, 1956, 1957, 1958 y 1959, asimismo con las franelas de los Indios, los Atléticos y Orioles.

Un culto imperecedero. Nunca fuimos consumados coleccionistas de barajitas de las grandes ligas. Vaya uno a saber porqué, a pesar de la insistencia de Mauricio Blanco por convencernos cada mañana en la Gran Colombia de su hechizo. Pero valió la pena. En parte, por lo mucho que el beisbol todavía representa en nuestra vida.

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