Camiseta 10 | Vinicius enloquece, baila y ríe

Stuttgart, Alemania

Es propio de los tiempos que corren convertir los trabajos en obligaciones. Hay miedo a perder el empleo en situaciones tan convulsas como las actuales, que han hecho al ser humano viajar hacia una seriedad de mal talante. El deporte, y en su vientre el futbol, pasa por lo mismo. Vemos a jugadores muy formales, burocráticos, pensando más en los millones que en el propio balón.

Ah, pero se aparece un tal Vinicius, aquel negrón flaco y desgarbado salido desde la Zona Norte de Río de Janeiro y descubierto por Flamengo para hacer que el fútbol vuelva a sus esencias, a aquellos abrevaderos que nunca debió abandonar. Jugaba en las partidas interminables de Copacabana, bajo el solazo veraniego de “A cidade maravilhosa” cuando fue avistado. En realidad en Río hay tantos Vinicius como Vinicius mismo, pero quizás este “menino” gustó por sus maneras de entenderse él y de comprender el fútbol…

Llegó a España y desde ahí, desde las trincheras lujosas del Real enloquece con su ritmo de fuego, enfiesta a la gente que lo va a ver y vuelve trizas a los zagueros que le salen al paso; el miedo colateral se esparce por el otro equipo. Lleva la bola, burla con artes cariocas a los adversarios y corre hasta el banderín de corner a bailar su gol y a reír, porque reventar la red es su jolgorio mayor.

Y entonces, el fútbol le agradece el haberlo despertado, haberle hecho corregir el rumbo equivocado al confundirlo con un deber y no con un placer, como diría Eduardo Galeano. Un placer como en del Vinicius, como el de Madrid, porque ha llegado a la cancha la alegría del juego, que es como la alegría del mundo entero…

El fútbol, como hecho de creación, es multimillonario en jugadas distintas unas de otras y que hacen que sea un arte. Y ahí entra otra de las características de Vinicius. La manera de recibir la pelota, la forma de cortarse en una diagonal impredecible, su capacidad para improvisar sobre que lo que ya se ha improvisado lo hacen un jugador nuevo.

Nuevo en el sentido que de repente hace recordar a Garrincha, a Pelé, a Zico, por nombrar a tres brasileros notables, pero por no por eso deja de ser original. Podemos hacer un símil con la literatura; los grandes autores han recibido influencias de otros (Gabriel García Márquez nunca negó que había sido tocado por William Faulkner), mas de ahí brota otra narrativa. Así está pasando con Vinicius: emula a los grandes de su país pero no copia a ninguno. Y vaya con la camiseta 20; que manera de escurrirse entre las defensas y en los entusiasmos desmedidos de una afición que alucina, como si fuera el genio de la lámpara de Aladino, con su aparición mágica.

Nos vemos por ahí.


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