Aunque la pandemia ha hecho aflorar la timidez en el deporte profesional mundial, aunque la llegada del dinero ha aparecido como una invitada inesperada a las casas de los grandes empresarios, los negocios siguen y prometen modificar de inmediato el paisaje que hasta hace algunas semanas parecía inmutable.
En el beisbol de las grandes ligas casi cincuenta cambios de jugadores en este verano han torcido las nóminas de los equipos, mas son movimientos que no extrañan a los aficionados de la pelota, habituados como están a este nuevo panorama. En la NBA sucede lo mismo, pero al público de Estados Unidos no es esto lo que le importa; al final de la jornada ese amor, vayan donde vayan y vengan de donde vengan los peloteros, se adhiere a las ciudades en las que habitan y a los equipos que los representan.
En el fútbol hay más apego de jugadores y aficionados, de aficionados y jugadores, un poco más de afectos de uno hacia el otro. Por eso cuando se habla de salir de un hombre para fichar a otro se produce ese sinsabor que solo el tiempo va borrando.
Se habla de Paul Pogba, de Harry Kane, de este y de aquel. Tales habladurías de conversatorios y cafés de esquinas son parte de la narrativa futbolera. Los cambian a casi todos, por imposible que parezca, mas al final solo algunos vestirán otra camiseta que no sea aquella por la que los conocemos. No deja de extrañar, aun así, ver a un jugador “nuestro”, como se conoce a los que son emblema de una identidad, jugando para otro, menos aún si es para un adversario de ciudad o de provincia.
Por eso, el tamaño de los “cambios” de las charlas informales guarda relación con la jerarquía del futbolista. Mientras más nombre tenga, más cara de asombro hemos de poner los que estamos pendientes de estos movimientos en los cuarteles de equipos.
El deporte no es extraño al mundo actual. La aparición de la agencia libre y los contratos delirantes ha movido las entrañas de la pelota y el baloncesto, y la llamada “Ley Bosman” según la que los jugadores son exclusividad de los clubes solo mientras dure el contrato, han pegado ganchos al hígado del fútbol. Por tal cosa, una y otra situación han sembrado urgencias en los magnates, que lejos de dormirse en sus sillones de oficina están muy al tanto de los vencimientos de cada fichaje.
Vamos hacia una nueva realidad. Tan nueva, que al final del camino todo seguirá donde hace poco tiempo lo habíamos dejado. Dulce verano.
Messi y Cristiano a la MLS
Entre tantas cosas que se han levantado en la informalidad, nada nada tan estrambótico ni rocambolesco como la posibilidad cierta de que Lionel Messi y Cristiano Ronaldo enfrenten sus trucos de magia a ver quién saca más rápido el conejo del sombrero en la Major League Soccer.
Sin embargo, el día está más cerca de lo que se cree. Ya ha habido conversaciones que apuntan a que podamos ver en 2022 a los dos astros en las canchas de Estados Unidos, y ahora no imaginamos sus goles ni sus fintas, sino el golpe publicitario para el fútbol en un país aún no acostumbrado a mirar al soccer del tamaño de sus grandes deportes.
EN TIPS
Traiciones. La historia abunda en jugadores que estando en un club van a vestir el uniforme del odiado rival. El más sonado ha sido el de Luis Figo, quien cambió al Barcelona por el Real Madrid.
Rebelde. Diego Costa, peleado con la selección brasileña, decidió hacerse español y jugar para el equipo nacional hispano. En Brasil nadie lo extrañó.
Venezuela. Futbolistas que en su país no eran tomados en cuenta llegaron al país y en algunos casos fueron convocados a la selección Vinotinto.
Di Stéfano. Aunque se han escrito libros sobre el tema, quedó para siempre en el misterio cómo fue que el gran jugador contratado por el Barcelona fue a tener al Real Madrid.




