El hundimiento titánico de la Superliga promovida por los clubes más ricos y poderosos en España, Italia e Inglaterra demostró que el verdadero poder de este deporte no está en las billeteras y las cuentas bancarias de los empresarios que presiden a los equipos, sino en los aficionados. La reacción de los apasionados seguidores del Liverpool, Tottenham, Arsenal, Manchester City, Manchester United y Chelsea pusieron a temblar a los directivos. Tanto así que 24 horas después de presentar el excluyente torneo, la Superliga se fue a pique con los promotores del proyecto abandonado el barco en el que solo quedaron Real Madrid y Barcelona. El primero, porque Florentino Pérez, presidente del cuadro merengue, también es el máximo promotor de la Superliga; y el segundo, en virtud de que los cuantiosos ingresos que prometía el torneo, ayudaría a cubrir la pésima administración y las millonarias deudas que dejó la gestión del destituido mandamás azulgrana, Josep María Bartomeu. Ambos clubes siguen soñando con la Superliga que si no surgen nuevos socios del disparate, se reduciría a jugar el clásico entre Madrid-Barcelona. Para eso no hace falta ningún campeonato adicional. Ya existe la Liga de España.
La Superliga reavivó la eterna discusión entre deporte elitesco y masivo. ¿Es aceptable que solo los jugadores mejor dotado técnicamente que figuran en las plantillas de los clubes poderosos, se enfrenten entre sí y marginen de sus canchas al resto de los equipos repletos de futbolistas más terrenales? Para empresarios como Florentino Pérez ese modelo excluyente y pretencioso es la “salvación del fútbol”. Los ingresos millonarios que supuestamente produciría la Superliga desembocaría en más recursos para los clubes de abajo. Es la misma teoría de libre mercado y el capitalismo salvaje que solo ha multiplicado la pobreza en el planeta en beneficio de los poquitos Florentinos.
La lección que deja esta batalla dialéctica es clara. Aunque los Florentinos manejen el dinero el fútbol sigue perteneciendo a la gente común y corriente, que armaron en estos días la primera revolución antiempresarial en el fútbol. Las consecuencias que las protestas de los aficionados ingleses tendrá consecuencias en la Liga Premier. Allí el liberalismo económico de Margaret Thatcher derivó en la privatización del fútbol. Los obreros fueron echados de su trabajo y de los estadios, cuando estos fueron modernizados y las entradas pasaron a costar una fortuna. También los clubes dejaron de pertenecer a los socios de siempre. Fueron comprados por jeques, magnates petroleros rusos y fondos de inversión estadounidenses. El gobierno inglés impulsará una nueva legislación para que el 51% de las acciones de los clubes pase otra vez a manos de los verdaderos dueños del espectáculo. ¡Aficionados del mundo, uníos!




