Mundial Sub-17: ¿para qué sirve?

La pregunta últimamente nos ha dado vueltas en la cabeza, sobre todo al ver el desarrollo multiforme del fútbol mundial.

No estuvieron en el reciente Mundial Sub-17 Alemania y especialmente Inglaterra, campeón que debía defender su corona de hace dos años y que esta vez no consiguió entrar luego de ser ajusticiado por la guillotina de la clasificación. Pero sí Tayikistán, país de Asia Central, e Islas Salomón, en el océano Pacífico.

Siempre hemos respetado el criterio democrático que anida en el fútbol, su disposición a respetar la ley geográfica como estandarte de su expansión y participación. Una concepción que choca, en plena vía de trenes, con el de la calidad suprema que debe ser la máxima expresión de la competitividad. Por eso están Tiyikistán e Islas Salomón.

No obstante, no es esa la finalidad de este texto. Sí lo son los lugares donde van a desembocar las propuestas futbolísticas del Mundial Sub-17, aquellas que contradicen y dan razón a los que piensan que, aparte de dar a conocer los embriones de jugadores del porvenir, poco dicen de algún desarrollo.

México alardea de su fútbol menor, o de sus “fuerzas básicas” como las llaman en el país de los charros. Con la decisión jugada hace una semana ante Brasil ya son cuatro sus finales y dos sus títulos Sub-17. Sí, pero ¿ha sido el mexicano alguna vez miembro del jet set del fútbol universal? Podría ser un hecho excepcional, pero qué decir de Angola, solo una vez en el Mundial de 2006 en Alemania, o de Haití, en 1974 en el mismo territorio teutón, ninguno de los dos con presencia significativa en el mapa mundi del gran fútbol. Estos argumentos le van, por igual, a los comentados de Tiyikistán e Islas Salomón.

Entonces, ¿para qué sirven los Sub-15, Sub-17 o Sub-20? En Brasil, con todo lo que este país es en el fútbol, con toda la corriente sanguínea que hay sus venas para la gambeta y el jogo bonito y con la importancia de asunto de estado que tiene su selección, no les dan real valor. La finalísima de hace una semana fue solo reseñada con diminutas notas en los medios de comunicación, y las audiencias televisivas con la trasmisión del partido llevó escasos puntos en los ratings de sintonía.

Pero en la FIFA, con las agallas abiertas para los tópicos financieros, quizá piensen que estos torneos abren aún más el abanico del interés por el fútbol. Entonces que viva el juego y las posibilidades de los jugosos negocios por llegar.

Venezuela por una vez
Tenía 16 años, y a esa edad Rafael Dudamel defendió el arco venezolano en el Suramericano de Ecuador, en 1988. Años después, en el 97, fue Juan Arango la enseña Vinotinto en Paraguay. Pero no fue hasta el 2013 cuando la selección nacional fraguó su única clasificación mundialista, para Emiratos Árabes, luego de terminar vicecampeona en el Suramericano de Chile. Y, como las cosas en el tiempo dan vueltas, como decía Úrsula Iguarán en Cien años de soledad, fue por acaso el mismo Dudamel el técnico de aquel equipo que, aún mostrando fútbol del bueno, no alcanzó la segunda ronda del campeonato jugado en tierra tan remota.

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