El fútbol es demasiadas cosas a la vez. En los días que corren funciona como una metáfora y punto de unión a la distancia entre el baloncesto y los campos de juego.No hay quien espere que ese nexo invisible y profundo pueda ser por la muerte, pero esta vez ha sido así. En “Pensamientos”, entonada por Roberto Carlos, dice el cantor que “a veces aparentes coincidencias guardan cosas más profundas”, y así habrá de ser. Kobe Bryant y Cristian Carrillo cayeron la semana pasada, y aunque nunca se conocieron tuvieron un pacto secreto para despedirse a la misma vez. Y es que la vida tiene esos detalles: te pasea, te complace, y al final hace que dejes una huella (“Y entonces, llegué a la conclusión de que lo que es eterno es la vida, y no la muerte”, dice el capitán del barco en el río Magdalena en “El amor en los tiempos del cólera”).
Vidas paralelas que jamás se juntaron, un relámpago de existencias que la sociedad toma de diferentes maneras. A Kobe lo llora el mundo entero, y los contornos del Staple Center, escenario luminoso de sus grandes gestas en canchas y cestas, se desbordan en homenajes en memoria a su magnificencia como jugador y como hombre reconocido; a Cristian, solo el diminuto universo del fútbol venezolano siente ese tremendo vacío por el destino del malogrado juvenil. No hubo coronas, no hubo manifestaciones públicas sino solo aquel pesar de su mundo íntimo y familiar. Su legado quedó colgando de un abismo profundo y sin fin.
Pero por artes de la levedad del ser humano es el mismo dolor. Ahora recordamos cómo Bryan tenía en el fútbol una pasión íntima, manifestada en su admiración grande y sincera por Ronaldinho Gaucho. Cada vez que podía se largaba hasta Barcelona para ver jugar el equipo blaugrana, y es conocido su empeño por aprender español en clases particulares que recibía de su esposa mexicana.
De Cristian poco podemos decir. No lo conocimos, como no lo conoció mucha gente; solo diecinueve años de edad no le bastaron para ser llamado a la Vinotinto y poder escribir trascendentes páginas de fútbol del bueno; ni siquiera sabemos qué número usaba en su camiseta. No lo conocimos, decimos, pero cómo nos hubiera gustado saber de sus gustos, de sus preferencias, de sus ídolos: ¿sería Kobe Bryant uno de ellos?
Los dos se han ido y le han abierto surcos a las almas. Cada quien, cada uno en su universo han sido poetas del diario vivir. Con Kobe y Cristian la muerte tuvo prisa.
Los corazones no esperan
En una época fueron distantes unas de otras, pero en los años recientes las muertes por fallos de corazón se han multiplicado. Quizá son los tiempos que se viven, tan competitivos, tan exigentes, tan exitistas que piden al jugador sacrificios que van más allá de sus posibilidades, aunque estos accidentes se siguen guiando por el misterio; futbolistas con revisiones médicas detalladas han caído traicionados por el órgano vital. Todo este embarazoso asunto guarda relación con la gran empresa en que se ha convertido el fútbol, que ha transfigurado a sus principales actores en piezas cambiables de un tablero de ajedrez.




