Hace algunos años la granada explotó en Valera. Por entonces se sospechó, y se comprobó según confesiones de los jugadores de Trujillanos implicados, el acomodo de partidos para favorecer a tal o cual equipo rival.
Y se supo que había sido una venta a bajo precio, pues tal negociado ilegal tenía una relación directa con el entramado de apuestas internacionales con epicentro en países asiáticos y africanos en los que el fútbol venezolano es de poco valor. Las grandes sumas están en el fútbol europeo, y en el de países como Argentina, Brasil y México, donde el fútbol tiene una altísima calificación y atención mundial. El testimonio de los futbolistas suele ser la única manera de comprobar estos hechos inasibles, en lo que la condición humana, la necesidad y la formación de cada uno son aspectos fundamentales, y ese fue el oscuro caso del equipo andino.
Ahora la peligrosa espoleta apunta hacia el Zulia. El escándalo del presunto arreglo de partidos, que podría conllevar duras consecuencias para el ya maltratado fútbol nacional, ha sido un reflejo en el espejo de lo sucedido con Trujillanos. Los zulianos han pasado por varias semanas sin ver la luz de las victorias, y tal circunstancia ha puesto sobre aviso a las autoridades de la Federación Venezolana.
Y ahora decimos que en tales pantanos cienagosos podría haber otros atascados hasta el cuello, porque es voz popular que las urgencias económicas son el anzuelo susceptible a ser mordido por otros jugadores en las mismas condiciones sociales. Además, los equipos reciben dinero por las copas Libertadores y Suramericana, y aunque por los altos costos de todo lo inherente al fútbol buena parte de esa plata pagada en dólares se diluye, entre los futbolistas hay suspicacias relacionadas con el destino del resto de ese caudal de billetes.
Total, que al fútbol venezolano nunca le falta una. Como en el decir de la calle, “no aguanta dos pedidas”. Semanas atrás se vivió con intensidad la diatriba del técnico para la selección, hasta que la llegada de José Peseiro pudo acallar las conjeturas y las inquietas voces. Entonces, de súbito, de la nada, surge el embarazoso asunto del Zulia para que el fuego se vuelva a encender. El fútbol criollo es, como el país, muy particular. Los aficionados hablan más de sus enredos y sus desquicios que de sus partidos y sus jugadores, y lo hacen con un tono sarcástico que no sabemos si a la gente de la Federación le hace cosquillas.
¿Y ahora qué hago?
Esa es la pregunta que se hacen muchos jugadores luego del amargo retiro. Habituados a vivir en la abundancia, con todo a la mano con el dinero que da el fútbol, procuran aquellos ingresos que les permitan continuar la fiesta. Entonces la tentación, acechante, cobra vida: meterse en el arreglo de partidos para que la plata no cese, es el camino. Y caen en las trampas manejadas por los apostadores aquellos que, agobiados por las cuentas pendientes de negocios improductivos, desesperan. Mas, no son todos: ser técnicos es una solución, y, en algunos casos, ascender hasta las directivas de los clubes puede ser lo mejor.




