La memoria nos remite a la primera vez que lo vimos: fue uniformado con la camiseta a franjas negras y azules del Mineros de Guayana. Corría 1986, y por entonces, a sus 21 años de edad, solo pensaba en llegar a la selección nacional y ser un jugador famoso. Lo llamaban, por su gracioso estilo llamativo, el color de su piel y su presencia imponente, “el brasileño venezolano”. Era, con todo mérito, el mejor criollo de aquella época. Deslumbró al Marítimo y seguía dirigiendo los focos de la atención hacia su grácil figura: arranca Sanvicente, allá viene el guayanés limpiando la zona, quítense del medio que se aproxima ese muchacho y nadie quiere quedar en la calle ante tanta gambeta, ante tan burla, ante tanto sortilegio salido de aquellas piernas largas como caminos infinitos. Era él, Noel Sanvicente, a quien una lesión, cuando ya retrocedía y no jugaba como mediocampista de ataque sino como zaguero central del Caracas, le marcó la ruta de la despedida…
Y como la fortuna tiene diversos y extraviados senderos, el hombre se hizo técnico. Atesoró vivencias y conocimientos mientras analizaba el fútbol desde su atalaya defensiva, y ahora está ahí, como el más exitoso de los directores técnicos venezolanos, y el último en llevar un equipo de casa, el Caracas, siempre el Caracas, hasta los cuartos de final de la Copa Libertadores. Ah, aquellos muchachos de 2009, aquel Gremio de Porto Alegre que debió sudar la vida para liquidar, con un gol de visitante, a los intrépidos aventureros venezolanos que ya se relamían con el pase a las semifinales. ¿Y qué decir del River Plate, arrasado por los caraquistas en Buenos Aires y Cúcuta en 2007, y San Lorenzo de Almagro un año después, y Lanús en el 2009 el estadio Olímpico, derribados sin discusión posible por la chispa contagiante de Sanvicente? Todos sus títulos conjugan el verbo vencer, pergaminos que lo han transfigurado en el talismán del fútbol nacional…
Ahora fue el Boca Juniors el que salió mascullando rabias del estadio Olímpico con aquel empate. Sí, se sabe que fue un Boca alternativo, que había guardado sus mejores hombres en Buenos Aires para el partido de liga, pero nada de esto le quita a Sanvicente lo bailado. Nadie sabe cómo lo hace este tipo misterioso, sus secretos siguen guardados en el enigmático cobre de las siete llaves, pero Noel sigue vigente y dando palos en el fútbol internacional. Dale que dale, y entregando triunfos para su gente y amarguras para sus críticos en los caminos del fútbol, porque él ya no es Noel Sanvicente; él ya es, para Venezuela entera, Noel Sanmilagro. Nos vemos por ahí.




