Abstinencia y generosidad en tiempos de coronavirus

Ante el confinamiento mundial que ha generado la pandemia desatada por el coronavirus, también se ha producido una suerte de desintoxicación forzada de fútbol. Horas y horas de transmisión incesante de los campeonatos, ligas y torneos; los debates televisivos sobre el día a día de las competencias; las portadas y páginas de los medios dedicadas a exaltar el triunfo de este o aquel equipo; todo ha entrado en pausa por culpa de este enemigo invisible llamado COVID-19, que se encuentra en todas partes y amenaza con contagiarnos.

¿Qué hacer ahora sin la Liga Futve, Caracas y Estudiantes de Mérida en la Copa Libertadores, los partidos de la Vinotinto, el esperado debut de José Peseiro en el banquillo de la selección en las eliminatorias mundialistas, la Champions League, los goles de Darwin Machís en el Granada, la magia de Messi en el Barcelona y la recuperada eficacia goleadora de Cristiano Ronaldo en la Juventus de Turín? Tal vez habrá que tender otro cerco sanitario mundial para atender a quienes entren en crisis por su dependencia al fútbol y comiencen a sufrir un peligroso síndrome de abstinencia.

Vivir sin deportes es uno de los retos que ha deparado el coronavirus. Porque no solo se ha ensañado con el fútbol. También nos ha privado de seguir viendo la portentosa temporada de LeBron James en la NBA, después de un fin de semana glorificador en el que demolió a sus dos principales rivales al título: los Bucks de Gianni Antentokounmpo y los Clippers de Kawhi Leonard. A los amantes de las Grandes Ligas los dejó en ascuas, sin saber si finalmente el antiguo Rey de Seattle, Félix Hernández, será el quinto abridor de los Bravos de Atlanta o verá el fin de su carrera en las Mayores.

Si el virus ha puesto a temblar al planeta, por su rápido contagio y las miles de personas que ya han sido afectadas por el COVID-19, la peste ha servido para que algunos jugadores muestren su compromiso social con esos millones de desconocidos que siguen sus carreras y los idolatran, como ha ocurrido con CR7. Acusado siempre de individualista, de solo pensar en disparar al arco, el lusitano ha mostrado en estos duros días su rostro más humano. Abandonó todos sus compromisos en Italia para estar al lado de su madre en Madeira, aquejada de salud por un colapso cardiovascular. Pero lo que le ha valido el reconocimiento unánime, incluso de quienes menosprecian sus virtudes en el terreno y atribuyen sus bien ganados cinco Balones de Oro a la influencia del Real Madrid y el patrocinio de Adidas, es el desprendimiento y la solidaridad que ha mostrado en estas horas bajas para la humanidad.

Mientras otros jugadores se refugian en sus jaulas de oro y se desconectan de los males del planeta, Cristiano ha sido fiel a su nombre al poner a disposición del gobierno de Portugal la cadena de hoteles de las que es propietario, para atender de forma gratuita a los enfermos de coronavirus en su país. El astro del fútbol sufragará de su propio peculio todos los gastos que genere atender a los contagiados. No es común este acto de generosidad. Lo corriente es observar a los famosos del deporte destinar sus fortunas en lujos de nuevos ricos, autos y costosas propiedades, haciendo trampas fiscales para evitar pagar impuestos por sus millonarios contratos. El propio Ronaldo fue condenado en España a cancelar una cuantiosa multa por evadir al fisco de ese país. Pero si ayer fue criticado por su faltas financieras, hoy se ha ganado el aplauso del planeta al anotar el gol más luminoso de su legendaria carrera.

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