Los tiempos duros son buenos para mirar hacia adentro. Para, lejos de los reflectores que no nos dejan saber quiénes de verdad somos, podamos saber qué ha sido de nuestras vidas.
Ese alto en el camino, esa parada en una estación como la que ahora se vive en el mundo entero (¿recuerdan aquella canción de Roberto Carlos, “Sentado a la vera de un camino”?) le llega al fútbol como una lección para no olvidar.
Mirando desde un costado a la opulencia, alejado por una vez de la codicia, el momento podría ser para que el fútbol y todo lo que le rodea eche una mirada introspectiva y pensar:
¿Qué estamos haciendo, hacia dónde vamos?, ¿esto es algo verdaderamente importante?, ¿por qué un futbolista gana millones de euros cada año y le echa en cara a la sociedad sus autos de última generación de medio millón, sus mansiones insultantes y sus fiestas de derroche?¿Por qué un equipo dilapida fortunas en la compra de un jugador sin mirar hacia los lados a una sociedad angustiada por lo inalcanzable de las cosas más elementales para vivir con decencia?…
Este texto tampoco es una cruzada de los desasistidos, de “los pobres de la tierra”, como dejara para la historia de las grandes frases José Martí. Es solo una reflexión que viene al caso en los días actuales de miedos y preocupaciones.
El futbolista, como hombre público, como primer actor del espectáculo requiere un trato diferente, y aquí entran las consideraciones del entorno y con ello, lo que ha de ganar.
No se puede dejar a un lado a la cantidad de gente que un deportista profesional da trabajo, y las ventas de las empresas productoras de distintas marcas que el atleta levanta.
Por último, lo corto de sus carreras, la urgencia de ganar dinero en pocos años es un factor insoslayable.
Pero de lo que realmente se trata es la desproporción: un jugador amasa en sus pocos años de figura del fútbol cantidades inimaginables, que en toda su vida y la que está por inventarse no ganaría un trabajador, así este haya alcanzado un grado universitario…
Pero la crueldad del quehacer cotidiano nos pone a cada uno en su lugar, y nos damos cuenta de que, pasada la tormenta, las cosas volverán a ser como antes: estadios llenos, medios de comunicación desplegando con desmesura las gestas de los jugadores en las canchas del planeta; y ellos, futbolistas bendecidos por el don de sus habilidades con el balón, seguirán en las andadas.
Vaya vida la que se vive, las injusticias sociales campean por las veredas del mundo y tal parece que esto, infelizmente, no tiene remedio.
Con virus y sin visitantes inesperados. Nos vemos por ahí.




