Puertas cerradas, ilusiones abiertas

“¡Pasa la bola, pasa la bola! ¡Marca, marca por dentro, no te dejes! ¡Dásela al diez, dásela al diez!”.

Voces agitadas que suelen encender los partidos, salidas desde las gargantas enronquecidas de los enfebrecidos jugadores en un partido que dondequiera que se juegue, en cualquier lugar del planeta, son la sal, desde los pies a la cabeza, del fútbol de este mundo. 

No se oyen, ahogados desde las gradas por los murmullos de muchedumbres delirantes, esos gritos urgentes entre compañeros, entre aquellos actores esenciales del teatro universal. Solo se les ve, como en un acto de Marcel Marceau, gesticular y llamar con sus bocas anhelantes en el silencio que impone la distancia.

De momento, todo esto se ha perdido. En Europa se habla de reanudar los campeonatos nacionales con fútbol a puertas cerradas, con partidos sin gente en el cemento, que es para los jugadores, y para los que siguen el fútbol por televisión, como beber una cuba libre sin ron, o en el desespero de un hombre hacer el amor con una muñeca plástica.

Y entonces, sin aficiones allá arriba, se habrá perdido la magia de mirar a los jugadores trasladando el balón como si tuvieran un hilo adherido al botín, de verlos recibir con el pecho y voltearse como si la pelota fuera propia. Toda estas piruetas, todo aquel sortilegio que da la distancia quedarán postergadas. Y entonces nos daremos cuenta de que hemos sido “engañados” durante décadas, de que los futbolistas son seres humanos, que no son prestidigitadores de las canchas y que en ellos, aunque a veces así lo parezca, no hay atisbos propios de una dimensión desconocida.

No obstante, los tiempos se imponen. Así habrá que jugar, porque detrás de la pandemia, oculto en las sombras del inoportuno enemigo está el negocio, el gran dinero, y la empresa no puede esperar tanto. Las piernas del fútbol han temblado, como todo lo hecho por el ser humano, ante esta eventualidad. No ha quedado “títete con cabeza”, como dice el sentido figurado, y al fútbol, que parecía consolidado en un mundo especialmente hedonista, entregado a los efectos materiales, se le ha caído el ropaje.

El fútbol, no cabe duda, va a regresar, porque por muchas puertas que se cierren las ilusiones humanas seguirán vivas. El fútbol forma parte de la idolatría necesaria, de la utopía que nos hace sentir vivos, pues no todo puede ser la política y la economía, Dios nos libre. Es por eso que al final de todo y mientras la vida sea vida, no habrá quien le ponga puertas al monte.     

Brígido en silencio (1989)

Recordamos claramente aquellos días de marzo de ese año. Caracas vivía el caos de los desmanes sociales por el “Caracazo”, y los brasileros  Internacional de Porto Alegre y Bahía, atrapados en sus hoteles, debieron ver con horror aquella insurrección popular.

Entonces se tomó la decisión de jugar en el Brígido Iriarte, con el Marítimo como representante venezolano, sin público. Fueron muy particulares aquellos partidos, los dos terminados en igualadas, en el que se oían, como un eco distante, los gritos de los jugadores en la cancha. Fue la primera vez que se jugaba en Venezuela la Copa Libertadores en ese imperio de la desolación.

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