Los dos goles marcados por Neymar al Manchester United hace unos días, alguna cosa quisieron decir. Fueron como el lenguaje guerrero del que lanza en mano se abre paso entre las tropas enemigas, valga el símil; del que busca algo trascendente que está más allá de ganar para el París Saint Germain un partido de la Champions League.
Neymar, proponiéndoselo o no, ha dicho al planeta del fútbol que ya está a punto, que ha llegado el momento en que va a ocupar el trono que parece que le entregan Lionel Messi y Cristiano Ronaldo. En la madurez futbolística de sus veintiocho años de edad, y dándose cuenta de su verdadero papel en las canchas, está por asumir un futuro que como en el poema de Mario Benedetti, “es lento, pero llega”.
Se le vaticinó, en presagios optimistas, un imperio, mas su coincidencia con el argentino y el portugués se le ha ido postergando; pero como no hay deuda que no se pague ni plazo que no se cumpla, le ha llegado la hora esperada…
Se creía que su llegada a París se relacionaba con su rol en Barcelona: ser la contrafigura de Messi, y que luego de su escape de Cataluña iba a ser el dueño de todo en la “Ciudad Luz”.
Pero Neymar está demostrando que a la joya no siempre le hace falta el estuche de lujo; que desde el Arco de Triunfo y el salón de La Gioconda en el Museo del Louvre se ha vislumbrado como el hombre del día en las canchas, y que solo le falta, como le ha faltado a grandes futbolistas de la historia futbolera, ganar el Mundial.
Hablaba Sócrates, aquel gran jugador brasilero, de la decadencia de figuras de su país, pero que de vez en cuando aparecía un Neymar para reivindicarlos. Y Neymar apareció, haciendo hechizos y encantamientos, y reclamando el lugar que ahora le corresponde: el trono del fútbol…
En 1986, cuando regresábamos del Mundial de México, recibimos una llamada telefónica en nuestra oficina de El Nacional. “Yo lo quiero conocer a usted, porque además le quiero entregar algo que le tengo”.
Era Andrés Parodi. Nos citamos en un restaurant, y aquellos que Parodi nos tenía era una carpeta con todos los materiales que habíamos enviado en nuestra cobertura mundialista, y que el diario había publicado.
Fue un gesto hermoso que siempre aprecié, y que nos hizo recordar, gracias a Parodi, que aún existen acciones que nos reconcilian con la especie humana.
Nacido en Chile pero afincado en La Victoria del estado Aragua, y autor de ocho libros de fútbol, fue el preparador físico por excelencia de equipos y la selección venezolana. Gracias por siempre, querido maestro, y ahora que has viajado a territorios lejanos e inaccesibles, queremos decirte que te llevaremos por siempre en nuestra memoria.
Nos vemos por ahí.




