Tripleplay | Un adiós inesperado

Fue uno de esos días que no se olvidan. Como tampoco se borra de la mente la imagen en los periódicos, si como entonces teníamos la costumbre de leer los titulares en los quioscos mientras íbamos camino al liceo o el trabajo.

Ese 26 de marzo de 1974, las páginas deportivas no encontraron espacio para difundir la noticia: los Medias Rojas de Boston habían dejado en libertad a Luis Aparicio.

En lo que aún era el precoz imaginario de un aficionado, aquello era inconcebible. Todavía suponíamos que un pelotero de la talla de Aparicio, no podía ser puesto en libertad como cualquier otro. Aparicio no “era cualquier otro.”

No solo había formado parte de la elite de las grandes ligas durante las últimas dieciocho temporadas, sino que era el pelotero de la casa que más lejos había llegado. No tenía sentido.

Pero como solía ocurrir, y aún ocurre muy de vez en cuando en las ligas mayores, los Medias Rojas tenían sus razones para tomar la medida. Rick Burleson ya estaba casi listo para reemplazarlo en el campocorto. De hecho, el propio Aparicio lo había adiestrado en el campocorto de los Cardenales de Lara, de quienes había sido el manager.

Y para cualquier contratiempo de última hora, allí estaba el dominicano Mario Guerrero. Lo económico fue otro factor. Entre los dos no ganaban más que el venezolano que arrancaría la campaña con 40 años de edad.

Paradójicamente, Aparicio había terminado la campaña de 1973 con un promedio ofensivo de .271, el más alto durante los tres años que estuvo en Boston. Lo mismo ocurrió con sus 132 juegos.

Desde el campo de entrenamiento de los Medias Rojas se insinuó que la libertad otorgada pese a lo señalado, pretendía darle la oportunidad de hallar un contrato con otro conjunto que pudiera beneficiarse con su experiencia. Incluso desde los medios se coló el rumor de que los Cardenales de San Luis se hallaban interesados.

Hubo mucho de cierto, porque Aparicio declaró que no quiso aceptar las propuestas por significar tener que empezar de nuevo a estas alturas. Es decir, conocer a otra liga, a sus lanzadores y bateadores, a sus parques. Ya era suficiente.

Para los jóvenes aficionados de nuestra generación, no fue fácil acostumbrarse a la ausencia de quien había estado desde 1956 en plan estelar en la gran carpa. Fue ese tipo de experiencia, similar a la de los niños cuando pierden la inocencia. Como sucede a todos, a Luis Aparicio le había llegado la hora de decir adiós. Como consuelo quedó la íntima satisfacción de verlo salir por la puerta grande. Sin pena y con el equipaje cargado de gloria. Nos consolamos con que el Salón de la Fama era su próxima parada. Llegó en 1984.

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