Los Juegos Olímpicos de Tokyo 2020 revelaron una vez más la influencia que ejerce el deporte en la sociedad contemporánea. Ni la pandemia del coronavirus, que ha sido un gran desafío para la humanidad, con millones de contagios y muertos en el planeta, impidió que la gran cita multideportiva se pudiera realizar en la capital japonesa.
La inversión millonaria realizada por el país organizador y los suculentos contratos de patrocinio y de transmisión de televisión, firmados por el Comité Olímpico Internacional, obligaban a que los Juegos se cumplieran, aunque hubiese que postergarlos un año.
Pese a las advertencias del peligro de contagio para los miles de participantes que significaba seguir adelante con esta edición de los olímpicos, hecha por la Organización Mundial de la Salud, los Juegos se cumplieron a cabalidad.
El deporte venció los pronósticos adversos y la energía de los atletas devolvió al mundo la alegría de sentirnos vivos. Cada victoria fue un mensaje de esperanza y más allá de los récord, Tokyo dejó postales de la solidaridad que requiere el mundo para enfrentar juntos estos días de desasosiego.
Una de esas imágenes poderosas fue el abrazo de Yulimar Rojas y la española Ana Peleteiro, cuando en su último salto triple la venezolana estableció récord olímpico y mundial con su vuelo de 15,67 metros. Fue un triunfo compartido, que la atleta gallega lo sintió como propio, porque por encima de la rivalidad deportiva, está la fraterna amistad que han tejido en horas de entrenamientos compartidos, bajo la tutela del cubano Iván Pedroso en Madrid.
También fue conmovedor los últimos doscientos metros del maratón masculino. Tres corredores se disputaban las medallas de plata y bronce, luego de que el keniano Eliud Kipchoge cruzada la meta con una ventaja abrumadora para consagrarse por segunda vez consecutiva como el mejor de la prueba y uno de los fondistas más dominantes en la historia de esta prueba.
Lawrence Cherono (Kenia), Abdi Nageeye (Países Bajos) y Bashir Abdi (Bélgica) enfrentaron los últimos 500 metros con las mismas posibilidades de ganar, pues corrían codo a codo. Pero Nageeye superó a Cherono y luego movía los brazos desesperados para azuzar a Abdi para que también avanzara y ganara el bronce. Aunque representaban naciones distintas, ambos comparte el mismo origen.
Nacieron en medio de las adversidades de Somalia, ambos se hicieron ciudadanos de otros países, pero siguen llevando en tatuado en el alma su ciudad natal de Mogadiscio. Y de allí, ese aliento solidario que le brindó Nageeye a Abdi para que ambos cruzaran la meta y ganaran medallas de plata y bronce respectivamente.
También hubo una gran lección de humanidad en la prueba de patineta femenina. El sincero apoyo que se brindaban las participantes, la mayoría unas niñas que apenas rozaban los 15 años, hizo que esta nueva disciplina se ganara la simpatía porque borró las fronteras entre el triunfo y la derrota.
Todas las competidoras se sentían derrotadas, cuando una de las patineteras se caían en plena ejecución de sus piruetas y explotaban de emoción si terminaban con éxito sus maniobras. Aquella vieja máxima de que lo importante no es ganar, sino competir recobró su sentido más auténtico y profundo en esto nuevo deporte.
El llanto contenido del artista del karate venezolano, Antonio Díaz, también quedó para la eternidad del deporte venezolano. Todo el país subió con Antonio al tatami para luchar contra los rivales imaginarios en su último kata, y también lloramos a su lado, cuando bajó del escenario sin la presea olímpica que tanto merecía por su inmaculada trayectoria. Pero más que medallas, Tokyo 2020 fue un canto a la vida para derrotar unidos a la pandemia.
Hay que mantener la política de priorizar la inversión en el alto rendimiento
A lo largo de todo el ciclo olímpico se mostró a Colombia como el paradigma de la inversión deportiva. El vecino país fue sede de los Juegos Bolivarianos de Santa Marta 2015, donde superó ampliamente a Venezuela, y también acogió los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Barranquilla 2017, en la que los resultados fueros menos auspiciosos pese a su condición de sede.
Pero en los Juegos Olímpicos de Tokyo 2020, Colombia retrocedió en el medallero al puesto 66, con cuatro de plata y un bronce.
¿Qué pasó con toda la inversión realizada por Colombia? ¿Por qué cosechó tan pocos metales en Tokyo 2020? Las esperanzas del vecino país estaban puestas en el ciclismo BMX con la campeona olímpica en Londres 2012 y Río de Janeiro 2016, Mariana Pajón, y en el pesista Luis Mosquera, pero ambos fueron superados en la lucha por el oro.
Venezuela, en cambio, con todas las dificultades económicas que enfrentó a lo largo de este ciclo, producto del bloqueo internacional, culminó en el puesto 42 del medallero por encima no solo de Colombia, sino de potencias continentales como Argentina y México.
Los argentinos ocuparon el escalón 71 con una plata y dos bronces, y los aztecas fueron 84 con apenas cuatro de bronce.
La política del IND de priorizar la inversión de la Ruta Olímpica en los deportes que podían clasificar a Tokyo 2020 y pelear por medallas como el atletismo, como Yulimar Rojas y Robeilys Peinado, las pesas y el ciclismo BMX libre dio resultados.
Para el próximo ciclo olímpico de París 2024 habrá que revisar nuevamente con lupa los recursos que se destinan al alto rendimiento, y destinarlos de nuevo a los atletas con más posibilidades de éxito.




