La contratación de José Néstor Pékerman para conducir un proyecto de transformación de las selecciones nacionales es en primer lugar una inyección anímica. Su nombre, el prestigio mundial y la jerarquía que lo preceden conforman una poderosa vacuna contra el abatimiento y la campaña mundial de descrédito de la que ha sido víctima nuestro país. Que un entrenador con las charreteras del triple campeón mundial argentino en la categoría sub-20 se haya vinculado a Vinotinto, es decir a Venezuela, a través de la Federación Venezolana de Fútbol, es un primer triunfo para la confianza y la fe que debemos tener todos no solo en la potencialidad del fútbol nacional y las selecciones, sino en el crecimiento y el desarrollo general de esta tierra de gracia.
La presencia de Pékerman en el banquillo es un aliciente, un estimulo incuestionable para que las máximas figuras del país en este deporte acudan puntualmente a los llamados del nuevo seleccionador. Ya no hay excusas que valgan para gambetear a la Vinotinto. La nueva directiva de la FVF, con Jorge Giménez y Pedro Infante a la cabeza, están creando las condiciones ideales para recorrer el camino al Mundial de Estados Unidos, Canadá y México de 2026 no solo con el idea de luchar en serio por la clasificación, sino con un propósito aún mayor: fortalecer las estructuras de todas las categorías menores y abonar las bases para que competir, ganar con asiduidad y avanzar en los torneos internacionales no sea un hecho aislado, anecdótico, de un grupo de talentosos que coinciden en el tiempo, como pasó en el Mundial Sub-20 de Carea del sur 2017, sino fruto del trabajo repetido para obtener una constante de buenos efectivos.
En el pasado hubo intentos de sembrar el petróleo. Entrenadores como Rafael Santana, Manuel Plasencia, Luis Mendoza y Lino Alonso hicieron esfuerzos para articular el fútbol desde las bases. Santana, Plasencia y Mendoza fueron pioneros en impulsar en Marítimo, Caracas y Mineros de Guayana la formación de nuevos valores que derivaron en el surgimiento de los Gabriel Miranda, Gerson Díaz, Nelson Carrero, Daniel Nikolac, Héctor Rivas y Stalin Rivas, por nombrar un puñado de figuras. Y Lino Alonso, encomiado por Pékerman en su presentación oficial, recorrió medio país en un trabajo minucioso de escauteo y ayudó con su espíritu paternal a que futbolistas como Daniel “Caricari” Noriega, Cristian Cásseres o el propio Juan Arango se integraran a las selecciones menores de la FVF y cumplieran con un proceso de formación que los llevó hasta brillar en Vinotinto.
Pékerman no viene a inventar el agua tibia. Lo valioso de su proyecto es que no tiene la mira puesta solo en los resultados de hoy, sino en un trabajo planificado, meticuloso, ordenado que, como ocurrió cuando estuvo al frente de las selecciones menores de Argentina, le permitió a la albiceleste convertirse en la mayor potencia en la categoría sub-20 y nutrir a la absoluta con jugadores de altísimo nivel, formados bajo un mismo sistema de juego.
Clasificar al Mundial de 2026, en el que la Conmebol tendrá seis cupos directos, es uno de los retos que asume el argentino. Pero esta vez, la FVF no contrató a un salvador, ni a un Harry Potter que a punta de versos o conjuros mágicos puede cambiar la realidad. Pékerman no trae un sombrero de trucos para vender ilusiones momentáneas. Propone que todo el fútbol nacional se articule para dar un salto de calidad que se traduzca a la larga en un desarrollo permanente. Serán cinco años de trabajo en el que la FVF debe exprimir al máximo los conocimientos y la experiencia de Pékerman para transferir su sabiduría a los entrenadores del país que tendrán a su cargo completar la obra maestra del DT argentino.
Llegó el tiempo de reconciliar a los jugadores con la Vinotinto y la afición
El nuevo seleccionador no quiere cargar con las cuentas del pasado. Los jugadores sospechosos de haber cometido actos de indisciplina y los que escurrieron el bulto, alegando cualquier excusa para abandonar el barco en medio de la tormenta, tendrán las puertas abiertas de la selección a partir de la próxima convocatoria para enfrentar a Bolivia, en un escenario que aún la directiva de la FVF está por definir.
Será la oportunidad para que por primera vez en la eliminatoria, la selección cuente con todas sus piezas: Salomón Rondón, que vive horas bajas en el Everton de Inglaterra pero aún así sigue siendo el mejor delantero del país; Yeferson Soteldo y su irreverencia para elaborar jugadas de gol o definir; y la soberbia pegada de Rómulo Otero en los cobros de pelota detenida. Vencer a Bolivia y a Colombia en los dos últimos partidos de local que disputará la selección sería un comienzo inspirador para el proyecto del argentino. Pero sobre todo, una oportunidad dorada para que los jugadores se reconcilien con la Vinotinto y la afición.
La regla del sub-20 debería ampliarse en procura de formar nuevos artilleros
Una de las deficiencias estructurales del fútbol venezolano es la ausencia de delanteros centros con probada voracidad para el gol en escenarios internacionales. En los últimos años han proliferado los extremos con velocidad, desborde y habilidad para ganar los duelos como Jhon Murillo, Yeferson Soteldo, Jefferson Savarino y Darwin Machís. Pero la Vinotinto ha dependido de Salomón Rondón para fajarse contra los centrales y conseguir goles a falta de otras figuras con similar capacidad.
La regla del sub-20 en los equipos de primera división habría que ampliarla. Para que surjan atacantes hay que formarlos y ponerlos a jugar de manera consecuente en la máxima categoría. Pero los equipos prefieren colocar en los puestos de definición a futbolistas extranjeros o criollos más curtidos en el área, casi nunca a un jugador en formación. Si no se forman delanteros, la sequía de goles en la Vinotinto seguirá siendo endémica. La Liga Futve podría estudiar la medida de que haya más sub-20 en cancha y uno de ellos debería jugar cerca del arco. Inventamos o erramos en la búsqueda de nuevos y mejores artilleros.




