Camiseta 10 | Las risas están de vuelta

Un partido Venezuela-Bolivia debería de ser eso, un partido más. Uno entre dos selecciones fuera del contexto competitivo de Suramérica, alejadas de la ambición natural representada en el premio mayor: ir al Mundial.

Pero el capítulo vivido entre venezolanos y bolivianos tuvo otros matices fuera de la comprensión de quienes no han seguido, y sufrido, los avatares de siempre de la Vinotinto. Esa tarde-noche hubo destellos de grandes días, vencieron las risas perdidas entre los jugadores en los festejos de los goles de Salomón Rondón y Darwin Machís, para que al final todas esas manifestaciones, como los afluentes de un río, fueran a tener al gran océano de las promesas por cumplir.

Porque una vez disipadas las intenciones bolivianas en los albores del juego, todo fue venezolano. Las ideas, el carácter, aquella plasticidad y el convencimiento de que por ahí llegaba lo que se había ido a conseguir. Entonces, cabe preguntarse: ¿por qué el cambio de actitud, por qué se dejaron atrás los formalismos, el fútbol inhibido de días atrás? ¿Dónde dejó la selección nacional el conformismo de otros tiempos, por cierto, no muy lejanos? Bolivia iba a caer, inexorablemente, porque frente a sí tenía a un equipo impensado y poderoso.

El partido marcó el debut de José Néstor Pékerman al frente del grupo, y si nos ponemos a ver, no hizo nada extraordinario. O sí: dejó al equipo jugar a su aire, sin las complicaciones tácticas inventadas por los entrenadores para justificarse y que solo convierten las indicaciones en un galimatías en la cabeza de los jugadores. Los dejó hacer, crear, y resolver las situaciones que pedían la llegada de alguno de ellos para poner las cosas en su lugar. Pocas veces en la era actual habíamos visto a Venezuela arrollar así, llenar la cancha así, decir presente con un personalidad que creíamos escondida.

Ahora toca Uruguay, bravo como siempre y alentado por haber vencido a Paraguay. Y duro como las rocas de mar, porque si algo le encanta a los futbolistas uruguayos es la situación de desespero y en la urgencia de puntos en la que ahora están. La Vinotinto podrá conseguir en Montevideo la razón de ser de su aparente nueva identidad; de no ser así, entonces habrá que decir que lo visto en Barinas hace tres días, fue solo una ilusión óptica, un “flash back” a los pasos triunfales de los tiempos de Richard Páez y César Farías, el amor de un día de un caminante sin destino cierto.

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