Francia no estaba ayer para andarse con chiquitas. Solo transcurrían cinco minutos y ya la grada azul podía festejar, porque Theo Hernández así lo había dispuesto. Un revuelo en el área de Marruecos, un marcador de punta que aparece de la nada y los franceses ya estaban en ventaja.
Delante de ellos aquel equipo africano de buen jugar, de conciencia que no se empequeñeció por el gol en contra. Fue a más, como podía, y así fue llevando el partido. Total, el daño había sido menor y no había razón para lamentar ni cerrar filas apresuradas.
Koundé era un dolor; aparecía por todos lados, junto al sacrificado Antoine Griezmann, y había garantías. En tanto, Marruecos seguía en la suya, orden y monotonía, y un tiro al palo fue su aviso ante una zaga francesa claramente insegura. En-Nesyri no se cansó nunca de amenazar, y por la derecha, en el partido de los laterales, Hakimi siempre fue un apoyo importante.
Con la batalla en desarrollo, con la guerra declarada, No se vislumbraba el fin del conflicto. Pero apareció un fantasma, un hombre de las cavernas con solo segundos en la cancha para decretar el fin de todo; Kolo se llama, y Kolo mando al fondo para sentenciar un capítulo que en su gestión parecía enmarañado pero que Francia resolvió como lo hacen los grandes equipos. Y vaya si Francia lo es.
El fútbol tiene eso: Hernández y Kolo, dos goleadores que no estaban en los planes de Didier Deschampos, conductor francés, pero que sin embargo, emergiendo desde las catacumbas del partido, le pusieron de súbito en el país de la victoria. Ahora a preparar planes, a mirar y volver a mirar cómo se asume el partido final ante Argentina. Dura tarea, pero Deschamps tendrá un respiro: por aquellos lados también se estará pensando.




