Debo reconocer que desconocía por completo que Bob Gibson era el único pitcher en la era de la “bola viva” en las mayores, un largo período que tiene ya más de un siglo, que cerró una temporada con más de 10 blanqueos y al menos 28 juegos concluidos.
Eso ocurrió en 1968, conocido como “El año del pitcher” en las memorias de las grandes ligas.
El calificativo no podía ser más acertado. Siete lanzadores consiguieron veinte o más victorias, Dennis McLain sumó 31 triunfos para los Tigres de Detroit, Don Drysdale impuso un récord de 56 ceros consecutivos con los Dodgers de Los Ángeles, el dominicano Juan Marichal completó 30 de sus 38 aperturas con los Gigantes de San Francisco, y Gibson con los Cardenales de San Luis, terminó con una efectividad de 1.13, la más baja con más de trescientos innings.
Apenas seis bateadores concluyeron con promedios en bateo de .300 o más, uno solo en la Americana, Carl Yastrzemski con .301. Los lanzadores de la Americana tuvieron una efectividad colectiva de 2.98 y los de la Nacional de 2.99. La hegemonía fue de tal magnitud, que para la campaña siguiente la altura de la lomita fue rebajada unos centímetros. Pero de nuevo con Gibson, el derecho no tuvo un inicio de campaña tan auspicioso.
Luego de sus primeras diez aperturas, su balance de ganados y perdidos exhibía un decepcionante registro de 3 ganados y 5 perdidos, lo que también era una muestra de cómo el récord personal de un pitcher no siempre dice toda la verdad acerca de su actuación.
Había terminado seis de esos diez comienzos con efectividad de 1.52 en 88 innings. Sin embargo, hasta allí llegó la complacencia del derecho con los bateadores de la Nacional. A partir del 2 de junio, ganó 12 encuentros consecutivos, andando la ruta en cada uno de ellos.
En ese punto, su efectividad bajó a un inimaginable promedio de 0.96 en medio de una cadena de 45 ceros corridos. La racha se rompió el 1ro de julio ante los Bravos, cuando en el primer inning cometió un wildpitch con un corredor en la antesala. Para pasar a la historia, construyó trece blanqueos y completó veintiocho de sus 34 aperturas, con un registro de 22 ganados y 9 perdidos, entretanto contribuía al triunfo de los Cardenales en la Nacional.
La dictadura la extendió hasta el primer juego de la Serie Mundial, donde venció a los Tigres 4 a 0 con una marca para el clásico de 17 ponches. En el quinto desafío volvió a batir al Detroit 10 a 1, y llegó al séptimo y decisivo partido con un empate a cero en seis actos, pero los Tigres hicieron cuatro rayitas en el séptimo inning para ganar el juego y la serie 4 a 1.
Eso sí, Gibson nunca abandonó el montículo.




