La final del tenis femenino en el Abierto de Estados Unidos y el entrevero de razas que hoy día vemos en el deporte no debe asombrarnos. Ya un escritor, Derek Walcott, premio Nobel de Literatura 1992, lo había anticipado. Dijo estas palabras: “Solo soy un negro pelirrojo enamorado del mar, recibí una sólida educación colonial, tengo algo de holandés, negro e inglés, así que o no soy nadie, o soy una nación”.
Nacido en Santa Lucia, en pleno mar Caribe, en la isla que ha sido indistintamente francesa e inglesa, representó con sus palabras lo que ya va siendo común en las canchas del mundo. Volvamos al tenis de mujeres: la vencedora, Emma Raducanu, es hija de padre rumano con madre china, nacida en Canadá y criada en Gran Bretaña, nación por la que se afana en el court. Su contendora, Leylah Fernández, de papá ecuatoriano, mamá filipina e igualmente aparecida en el mundo en Canadá, país que defiende con la raqueta. Todo esto le da razón a Walcott, y es que, como si fuera un eco de su voz, Emma y Leylah “o no son nadie o son una nación”.
Está pasando en el fútbol, con equipos europeos en los que ninguno de los once jugadores son naturales del país que su club representa. Veamos, por ejemplo, a Jorginho: nacido en Brasil, naturalizado italiano y por tanto defensor de esa camiseta en torneos internacionales; además, juega en Inglaterra en el Chelsea. Y ni qué decir de las grandes ligas. Revisemos a los Azulejos de Toronto: en su alineación de cada día aparecen jugadores de siete nacionalidades diferentes, con Vladimir Guerrero como representante de la mezcla de razas: nacido en Montreal, de padres dominicanos.
Por eso es que vemos hombres de raza negra auténticamente belgas o neerlandeses en equipos de Bélgica o Países Bajos. Sus abuelos o padres llegaron de África en las oleadas de inmigración en procura de mejores condiciones de vida, y hoy, hechos ciudadanos de sus nuevas naciones defienden con la vida sus colores de acogida. Eso sí: de vez en cuando deben enfrentar, con valentía, el ancestral racismo inculcado en las entrañas de los intolerables. Nada de estas nuevas expresiones de razas deben sorprendernos. El ser humano, al final de todo, se mueve, no tiene por qué sentirse extranjero en ningún lugar porque no es absolutamente de una región o de un país; es “ciudadano del mundo”, y cada día entiende menos la razón de ser de las fronteras. Al final de todo, “o no son nadie o son una nación”.
La resistencia
No en todas partes se han entendido los nuevos tiempos del recién estrenado mapa humano. Hace unos días, en Polonia, Robert Lewandowski, capitán del equipo local, debió mostrar a los aficionados su franja en el brazo donde decía “respeto”, porque en exaltada expresión de xenofobia llamaron “mono “ a algunos jugadores de Inglaterra.
Así ha pasado, y sigue pasando, en otros países donde aún parece imperar la supremacía blanca.
Es como una trinchera del complejo, una resistencia a lo que se comienza a fraguar, especialmente en Europa, porque en América Latina y por razones históricas, reinan la tolerancia y la aceptación.




