El grito de todo un país. La rabia contenida de 90 años de intentos. De la furia al toque. A la calidad de esos locos bajitos representados por Andrés Iniesta.
El héroe de Johannesburgo. El premio del destino a la humildad de un jugador que venía de la oscuridad emocional por la pérdida de un gran amigo. La imagen que refleja la pasión de la victoria y el amargor de la derrota en la cita más grande. El sueño de una vida hecho realidad.
Iniesta gritó en el minuto 116 después de escuchar el silencio durante 1 segundo que se le hizo una eternidad. En un estadio lleno en ebullición como el Soccer City.
La jugada reivindicó al grupo que daba forma a España. Todos juntos siempre. Jugase quien jugase. El gol nació de tres suplentes que fueron decisivos. Jesús Navas corriendo solo contra el mundo para lanzar el contragolpe.
El taconazo de Iniesta como adelanto de lo que iba a dejar para la eternidad. La aparición de Cesc para el centro de Fernando Torres y para recoger el rechace y ver a Andrés en posición para marcar. Control de diestra, bote y derechazo de empeine cruzado a la red.
«Lo viví a cámara lenta. De golpe, cuando recibo el pase, escuché el silencio. Todo se detuvo. Estábamos solos el balón y yo. Fue una eternidad pero estaba convencido de que era gol. Al recibir ya sabía que ese balón iba dentro. Es lo máximo a lo que podía aspirar», describe Iniesta.
Su celebración. Camiseta con el 6 quitada para el recuerdo emocionado. Los puños cerrados con rabia, el estallido de todo un país, el «Iniesta de mi vida» mientras Andrés gritaba «toma» con la cara desencajada y en la otra punta del campo Casillas se arrodillaba llorando y recibía el abrazo de agradecimiento de Sergio Busquets.
Sin colores ni rivalidades, con un solo sentimiento de unidad en un grupo que fue familia. Casillas era otro héroe de la final soñada con sus paradas salvadoras ante Arjen Robben.
Andrés tocó fondo y el destino se lo debía. Su celebración es la máxima expresión del éxito en un deportista.
En contraste con la profunda decepción del que lo dio todo y se quedó en la orilla.
Esa noche las lágrimas eran holandesas. Robben, en cuyas botas estuvo la final, falló y corría con desesperación hacia el árbitro asistente reclamando lo que fuese que pudiese cambiar el destino.
Holanda modificó su identidad para frenar el toque de España y lo peor en la vida es no ser fiel a sí mismo.
EFE




