El 2020 deja a su paso un reguero de malos recuerdos para el planeta y el deporte en particular Los millones de afectados por la pandemia de la covid-19, que conllevó a una parálisis mundial de las actividades deportivas, forman parte de esas postales que deja este año calamitoso.
Pero en medio de tanto desaliento, hay que rescatar una imagen más luminosa. La lucha que vienen dando los atletas de diversas disciplinas para combatir una peste contra la cual no hay vacuna registrada: el racismo. La muerte por asfixia mecánica de George Floyd, cuando era sometido a un brutal arresto por la policía de Minneápolis, en Estados Unidos, derivó en una nueva batalla para defender los derechos humanos de la población negra.
El combate al racismo tuvo su correlato en el deporte. La NBA, donde los atletas negros son las principales estrellas del espectáculo, estuvo a la vanguardia de esta lucha con figuras como LeBron James en primera fila. A diferencia del legendario Michael Jordan, quien siempre se mantuvo al margen de la política, porque su principal interés estaba enfocado en convertir canastas, ganar títulos con los Toros de Chicago y vender el mayor número de zapatillas, LeBron James ha combatido el supremacismo blanco con sus convicciones.
Fue una de las voces más poderosas del deporte profesional en EE. UU, que condenó la represión ordenada por el presidente Donald Trump, para acallar la indignación y las protestas que produjo en esa nación el asesinato de Floyd.
El combate contra el racismo también se extendió al fútbol, donde es moneda común que los jugadores negros sean víctimas de cánticos, gestos o expresiones supremacistas por parte de los aficionados o hasta de los propios jueces; como ocurrió recientemente en el partido de la Liga de Campeones entre el PSG de Francia y el Basaksehir de Turquía, cuando el cuarto árbitro del encuentro calificó despectivamente de “chico negro” al camerunés Pierre Webo, asistente técnico del equipo de Estambul.
En esta parte del mundo puede parecer un exceso que la expresión del árbitro sea racista. Pero la razón asiste a Webo, porque como él reclamaba, el juez rumano nunca llamaría “chico blanco” para referirse a otro jugador que no fuera de tez morena. En algunas palabras también subyace un racismo inveterado que tienen una profunda carga de descalificación del ser humano solo por el color de su piel o su aspecto físico.
En Venezuela, por ejemplo, el técnico más ganador del fútbol nacional, Noel Sanvicente, tiene un apodo que aunque haya sido asumido de manera afectuosa hasta por el propio técnico, no deja de ser racista. Por eso, desde hace tiempo decidimos proscribir de nuestro vocabulario periodístico el calificativo de “Chita” para referirnos a Noel Sanvicente, cuyo nombre y apellido ya tiene un lugar en la historia del balompié venezolano.
Igual de racista resulta llamar al mediocampista del Monagas, Carlos Suárez, con el apodo de “Mono”. En nuestro país, los sobrenombres surgen de manera espontánea y pueden sonar hasta graciosos; pero puede haber una valoración sobre el ser humano que es despectiva. Tal es el caso de calificar de Mono a quien es uno de los mediocampistas más inteligentes para posicionarse, recuperar balones y entregarlas con limpieza a sus compañeros.
Hace poco la Liga Inglesa multó al delantero uruguayo Edinson Cavani por una publicación en Instagram en la que cariñosamente llamaba “negrito” a un compañero. ¿Un exceso? A nuestros ojos puede resultar absurda esta sanción, porque para los latinos se trata de una expresión de cariño.
Pero ese cariño es abusivo y universalmente denigrante, cuando apodamos a otros de Chita o Mono.
El 2021 será de renovación o continuidad del poder en la FVF
El próximo año será de elecciones para el deporte venezolano. Los dirigentes de las entidades promotoras del deporte tendrán que participar en los procesos de escoger a las nuevas autoridades para el período 2021-25, y en la Federación Venezolana de Fútbol hay diversos movimientos que aspirar a regir el destino de la entidad.
Uno de los desafíos de la Junta de Normalización de la FVF, designada por la FIFA para poner orden en casa, tras el caos que generó el fallecimiento del presidente Jesús Berardinelli, en medio de acusaciones por supuesta uso indebido de los recursos de la entidad y forjamiento de documentos, será precisamente organizar un proceso trasparente, confiable, con la más amplia participación en la historia de esta entidad.
Ninguno de los cinco integrantes de la Junta, encabezada por el profesor Laureano González, puede participar en las elecciones, por lo que por primera vez en tres décadas, la nueva Junta Directiva podría estar integrada por dirigentes de nuevo cuño.
El grupo Venezuela Vinotinto que encabeza el exseleccionador nacional, Richard Páez, por ahora es el único que públicamente ha mostrado su planes y ha solicitado a la Junta de Normalización, elecciones sin interferencias de los poderes que vienen manejando la FVF.
El nombre del abogado y exmediocampista, Nelson Carrero, ha surgido como una alternativa para asumir la conducción del fútbol nacional. Y los antiguos partidarios de Barardinelli, también mueven sus piezas en las asociaciones y clubes para buscar un directivo con suficiente respaldo que permita mantener el status quo de la dirigencia jurásica.




