Argentina no necesitó florituras ni preciosismos. Solo impuso seriedad, sin exagerar, haciendo lo que un equipo práctico y conocedor de sus posibilidades sabe hacer para llegar al botín de la final.
Por eso el gol llegó cuando tenía que llegar, como una consecuencia y no como un hecho casual de esos que al final de todo no son extraños en el fútbol del mundo. Porque el fútbol, por oposición, también tiene eso: premia al que tiene que premiar, y castiga al que tiene que castigar.
Croacia lo apostó todo a Luka Modric, ese pequeño titán que no se cansa de aportar y de sacar en plena batalla la bandera de lucha. Pero a Modric no le alcanza solo, y su despliegue a menudo se pierde en el tumulto de un partido peleado, pero franco.
Gol de penal y Lionel Messi, como casi todos lo que el 10 ha marcado en este campeonato, marca, y parecía que las cosas estaban encamidas. Julián Álvarez se valió de una picaresca al no caer en la emboscada de la posición adelantada para ensanchar el partido, y Argentina redondeaba una victoria sin excesos, sin aspavientos y sin grandes desgastes, que de mucho le va a servir en el partido del próximo domingo.
Croacia intentó rebelarse, porque está en sus características luchar hasta su último aliento. Creó situaciones, cómo no, y llegó a asustar a las últimas líneas argentinas. Pero hasta ahí le llegó el aliento. Álvarez apareció otra vez para terminar de apagar el fuego ya débil del diezmado ejército a cuadros blancos y rojos, y solo había que esperar el triste final para una selección que llegó al partido de ayer con la fe puesta en volver, como hace cuatro años en Moscú, ha decidir la supremacía del fútbol universal.




