Tripleplay | La pena por el juego suspendido

Nada desconsuela más a los aficionados que un juego suspendido. Por lluvia, por lo que sea. Sin embargo, nada más descorazonador que una temporada suspendida.

En esa posibilidad estamos pensando desde el día que se supo, que la próxima temporada de las grandes ligas se hallaba en entredicho, por las diferencias entre los dueños de equipo y los peloteros, alrededor del próximo contrato. La confirmación del conflicto ya tiene fecha prevista, el 1ro de diciembre.

En mis años como aficionado, cuando ser periodista deportivo dedicado a la cobertura del beisbol era nuestro sueño, pasamos por dos desconsuelos por campañas suspendidas, la de 1972 en las grandes ligas, y la 73-74 en la Liga Venezolana de Beisbol Profesional.

Hoy entiendo que todo se debió a los cambios registrados por la búsqueda de mejores condiciones económicas por las partes involucrados, pero igual las recuerdo y me dan ganas de llorar.

En 1972 en las ligas mayores, la figura de la agencia libre empezaba a vislumbrarse junto con la figura del arbitraje, gracias a la audacia de Curt Flood, el jardinero central de los Cardenales de San Luis de quien escribimos la semana pasada, y de Marvin Miller, el no menos corajudo abogado encargado de la Asociación de Peloteros, dispuesto a despojar a los dueños de los privilegios contractuales que hacían de ellos los amos y señores del mundo de las mayores.

Los jugadores decretaron la huelga en medio de los entrenamientos primaverales, y la temporada arrancó un mes después de lo previsto. Firmado el acuerdo, las escuadras celebraron un promedio de 155 desafíos, siete menos de los previstos.

Visto hoy, fue un lapso breve, pero cada mañana salía desesperado en busca del periódico para ver si el conflicto había cesado. No era para menos. Estábamos de luna de miel con la gran carpa, inspirados por el boricua Roberto Clemente, a quien habíamos contemplado llevar a los Piratas de Pittsburgh a la victoria sobre los Orioles de Baltimore en la Serie Mundial del 71.

Los siete encuentros los contemplé a través de la pantalla de televisión, lo que también era una novedad impensable, solo dos o tres años antes, para mi generación. El caos emocional era insoportable para quienes el juego era solo eso, un juego. Unas horas de esparcimiento para mitigar la obligación de los estudios. Jamás un trabajo y su carga de responsabilidades.

El fanático no termina de asumir el espectáculo que admira con fervor, como podría estar pendiente de la consulta con el médico, o el taller donde le arreglarán el automóvil. He allí el por qué de su frustración al saber que el juego o la temporada fue suspendida. No lo acepta.

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