lunes, junio 17, 2024
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Camiseta 10 | Alemania es invierno, silencio y fútbol

Desde lo lejos, el humo de las chimeneas parte el cielo en varios pedazos. Los campos están totalmente sembrados, y en medio de ellos la leña se apiña en atados propios para encender el fuego de los hogares. Las calles son el imperio del silencio, y solo el pequeño ruido sordo de las bicicletas al pasar advierten la presencia humana.

“Guten morgen” (buen día), es el saludo en bajo tono, casi inaudible que sueltan los ciclistas, y un instante después nos volvemos a sentir solos en el universo.

En febrero aún es invierno, tiempo de nieves y soledades. La estación no ha castigado como en otros años; ha llegado a cuatro bajo cero, a seis en las noches, pero lejos de los diez o doce de otras veces. Aún así, ha caído en Stuttgart y sus ciudades aledañas dos veces la generosa lluvia blanca que nos hace sobrecogernos en las casas, expuestos a la luz del rojo y amarillo de llamas que invitan al pensamiento.

Pero hay fútbol. El fin de semana pasado vimos un partido en una de las instalaciones que se riegan por todo el país. Son clubes sin lujos pero funcionales, con tres o cuatro canchas muy cuidadas y de un verde verdísimo, con camerinos, baños, salas de estar y hasta restaurantes de buen comer. Son jugadores entre los 14 y 15 años de edad, y aunque solo algunos enseñan ser virtuosos en el amplio sentido, su fortaleza y la cultura táctica aprendida en años de enseñanza-aprendizaje los hace ser “duros de matar”; solo la improvisación y viveza de un suramericano podría sorprenderlos.

Vuelta a casa por las ordenadas y pulcras carreteras alemanas, dotadas de una perfecta señalización, y angostas vías para bicicletas y caminantes a todo lo largo de la principal. Los pueblos en Alemania están muy cerca unos de otros, se puede andar a pie por ahí y pasar distraídamente por dos de ellos; un café aquí, un vino más allá, una sonrisa germana, y vemos pasar en un autobús moderno al Freiburg, equipo de la Bundesliga (primera división) camino a un partido.

“Rheinau”, dice el letrero según el cual nos estamos aproximando al hogar, población cercana a Stuttgart. Vemos a través de la ventana del carro los bosques que bordean el camino, y preguntamos si no es posible caminar entre sus árboles deshojados desde los días de otoño. Alguien nos da un aviso: “Sí, se puede hacer, pero a su riesgo. Si se le aparece un jabalí nadie va a responder por usted”.

A lo lejos se otea la primavera. Sí, la primavera está por anunciarse.

La Selva Negra es blanca

Desde cualquier lugar de Alemania es visible su imponente presencia. Boscosa, verde, intrincada y enigmática, esconde secretos ancestrales.

Sin embargo, por estos días se le ve blanca, bañada por una nieve que duerme plácidamente en sus laderas y cumbres.
Pero no todo es vegetación ni oscuridad en la Selva Negra. Hay en sus entrañas pueblecillos, restaurantes, bares y cafetines, y cómo no iba a tener, cuidadas canchas de fútbol.

Es un planeta, un cielo orgulloso de ser Deutschland, una vida que transcurre entre árboles y respiraciones de montañeses y enamorados que consiguen, aun sin hablar, una manera de comunicarse.

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