jueves, febrero 29, 2024
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Zico, en la boca del lobo

Él iba allá, hasta la boca del lobo, para verificar que la estocada que había lanzado llegaría al fondo para abatir al rival.

Unas veces el balón entraba como un puñal que él mismo entregaba a su número 9, otras veces apenas aprovechaba el desconcierto que provocaba su maniobra para pescar en río revuelto.

El ritual se repitió tres veces en la portería de Bruce Grobbelaar aquel 13 de diciembre de 1981.

La final de aquella vigésima edición del Mundial de Clubes que enfrentaba al campeón de la Copa Libertadores con el campeón de la Copa de Campeones de Europa bien pudo resolverse en 45 minutos. Sobraron los de la segunda parte.

El 11 de diciembre, dos días antes del partido en el Estadio Nacional de Tokio, una nube de reporteros, fotógrafos y cámaras de la televisión esperaban la llegada de la plantilla del Flamengo. Y cuando apareció el número 10 del equipo, un coro de voces pidió su opinión sobre el favoritismo del Liverpool.

“Lo son, sí… Favoritos para el segundo lugar que ellos van a ocupar”. Palabras de Arthur Antunes Coimbra ‘Zico’.

En realidad, las cosas no pintaban bien para el Flamengo, que físicamente llegaba disminuido tras la conquista del Campeonato Estatal de Río de Janeiro y la Copa Libertadores.

Como si fuera poco, la tristeza cundía en las filas pues 16 días antes de la final del Mundial de Clubes, el 27 de noviembre, había fallecido trágicamente el entrenador Claudio Coutinho, que un año antes había llevado al Flamengo a la conquista de la Liga brasileña.

En cambio, el Liverpool llegaba casi entero, a mitad de temporada.

Quizá la preparación previa que había inculcado Coutinho y había heredado Paulo César Carpegiani hizo la diferencia. Esta consistía en enviar espías para recoger información del rival. A Tokio el Flamengo llegó cansado, sí, pero sabía todo para neutralizar el funcionamiento del campeón de Europa.

Por contra, se supo después que los de Bob Paisley, muy confiados de que vencerían fácil, apenas se ocuparon de recolectar información en algunos diarios del campeón de la Copa Libertadores de ese año.

Junior, el talentoso lateral del equipo rojinegro, recordó que antes de saltar a la cancha sintió una sonrisa de superioridad de sus adversarios, un detalle que no dejó pasar para atizar a sus compañeros. Entonces el partido se tornó una cuestión de honor.

Durante la charla técnica Carpegiani pidió a sus pupilos esfuerzo máximo en el primer tiempo para sacar ventaja y dedicarse en el segundo a defenderla a toda costa.

La cancha estaba dura y el césped quemado por la falta de riego. Por fortuna para los brasileños, no había huecos.

Las sonrisas de superioridad que los brasileños advirtieron en los ingleses cambiaron por expresiones de susto a partir del ‘jogo bonito’ que comenzó a brotar de las botas de Zico, el hombre que un mes antes cerró su campaña en Copa Libertadores con 11 goles en 13 partidos que lo acreditaron como máximo goleador y autor intelectual del título del Flamengo a expensas del Cobreloa chileno.

“Ellos se asustaron”, reveló años después el que fue llamado ‘Pelé blanco’, el mismo que solo admitía elogiar entre sus múltiples capacidades futbolísticas su “precisión en el pase”.

Ese día en la capital japonesa sacó tres que terminaron en goles. Fue como aquel mago que saca conejos de la chistera.

A los 12 minutos un pase profundo de Zico hacia la banda izquierda lo aprovechó Nunes para someter a Grobbelaar.

A los 34 el 10 del ‘Mengao’ ejecutó un tiro libre casi frontal que despachó con más colocación que fuerza.

El efecto traicionó a Globbelaar, cuyo rebote sobre la superficie dura fue aprovechado por Adilio para empujar el balón al fondo de la red y fijar el 2-0.

Zico, quien años después reveló que lo primero que hacía cuando tomaba el balón era buscar en el horizonte al número 9, a los 41 minutos lo despachó a la banda derecha donde Nunes, de nuevo, se encontró a gusto para clavar la estocada.

En el segundo tiempo el Liverpool controló el balón pero no hizo daño. Tanto fue así que el portero brasileño Raúl Plassmann confesó años después: “Fue el partido más tranquilo de mi vida”.

El árbitro mexicano Lamberto Rubio llevó a buen final la fiesta en un Japón que apenas comenzaba a interesarse por el fútbol. Y minutos después Zico levantaba la copa, aunque su pensamiento estaba en Brasil, en la alegría que estaría viviendo la hinchada del club ‘más querido’.

EFE

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