Galería | Yulimar fue recibida como orgullo y gratitud

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El 14 de agosto de 2016 Yulimar Rojas bordó con hilos de plata la promesa de ser la más grande atleta en la historia de Venezuela. Solo tenía 21 años, pero saltó -sin titubeos- del anonimato al segundo peldaño del podio olímpico. Ese primer recorrido fue de 14.98 metros. El resto es historia.  

Superó cuánta expectativa se levantó en su nombre. Fue campeona mundial al aire libre, en 2017 y 2019, y en pista cubierta en 2018. Se bañó de oro en los Panamericanos de Lima 2019, imponiendo un nuevo récord (15.11 metros), e incluso se convirtió en la primera venezolana en ganar el Premio Atleta del año de la World Athletics.

Erigida como la mejor triplista de la actualidad, llegó a los Juegos Olímpicos de Tokio para reencontrarse con aquella promesa lejana, que inició como un sueño individual y se convirtió en el anhelo de todo un país.

Cumplió con autoridad

Mucho había pasado, pero el compromiso estaba intacto en su mente y lo cumplió de forma imponente: con el oro, el récord olímpico (15.41 m) y el récord mundial (15.67 m).

Venezuela se paralizó y el mundo entero se rindió a los pies de quién ha sido denominada la “Reina del Salto Triple”. Pero ella siguió batallando y retrasó su regreso a casa para saldar una deuda pendiente, la Liga Diamante. Y también ganó.

Rompió el récord de la competencia (15.52 m) e impuso nuevas marcas en los dos meetings en los que participó para coronar la Liga por primera vez en su carrera.

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Lo hizo todo y así llegó este martes a su país. Con el diamante en la mano, el oro olímpico en el pecho, el tricolor nacional en su espalda y una afirmación para la que no hay dudas: ella es la más grande deportista nacida en Venezuela.

No es una de las mejores, ella es la mejor.

Y esa es una afirmación que trasciende su disciplina y va incluso más allá del olimpismo.

Yulimar es la más grande del deporte venezolano en todas sus expresiones. Y así la recibió su pueblo, con orgullo y gratitud, primero en La Guaira y después en Caracas.

La reina sonrió, bailó y brindó palabras de aliento en cada parada. Fue cercana, auténtica y cariñosa. Inspiración innata.

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