viernes, abril 12, 2024
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Camiseta 10 | Como en los viejos tiempos

Ver disputar una pelota, chocar en el centro de la cancha y sudar los cuerpos entre vascos no solo fue un partido de fútbol. Fue, a su manera, el reencuentro con el viejo fútbol, con sus valores ancestrales, aquel cuando el dinero no era el único camino para llegar al único fin. Fue en el nivel ideal, en su esencia un partido amateur, de aquellos que deleitaban a la gente porque se jugaba, por encima de todo y en ese todo incluimos también a la Copa del Rey en juego, el honor. Era la Real Sociedad contra el Athlétic de Bilbao en el afán de coronar la supremacía de una raza que defiende, como defienden los catalanes, su razón de ser y de vivir. Está claro, cómo no iba a estar, que en medio de todo es fútbol profesional y los jugadores no saltan a la cancha sin el interés económico, pero ellos también atienden a su familias, a su afición, a su país, a su Euskeda siempre vivo en los corazones…

Hoy día el Bilbao, defensor del precepto de jugar solo con muchachos nacidos en su patria pequeña, ha distendido sus fronteras y ya acepta, al menos, a aquellos futbolistas venidos de otros rincones pero formados en sus divisiones menores. Por ahí anda detrás del balón Iñaki Williams, como ejemplo de la nueva era bilbaína, hijo de ghaneses pero nacido en Bilbao y crecido al amparo de la estructura del club. Diferente ha sido el transcurrir de la Real Sociedad de San Sebastián, que aunque con mayoría de vascos, a partir de 1989 rompió el sortilegio al llevar al equipo al inglés John Aldridge. No imaginamos a otros clubes españoles que se puedan enfrentar con estas características regionales y teniendo como “banda sonora” ese cierto purocriollismo tan anhelado por las viejas generaciones. Un enfrentamiento Real Madrid-Barcelona, como el que se dará dentro de dos días, se convierte en una Liga de las Naciones o una Torre de Babel: al menos catorce gentilicios estarán metiendo pierna en la cancha del estadio Alfredo Di Stéfano de Valdebebas, Madrid…

Pero es justo reconocer que un choque solo entre nacionales de una región hoy día suele ser una utopía. El mundo se ha abierto, se entreveran los países y sus gentes, y el fútbol como parte de la sociedad es tocado por tal diáspora. Pensemos en un Táchira-Caracas solo con jugadores gochos y capitalinos: ¿es eso posible? O un Estudiantes de Mérida-Zamora solo con andinos o llaneros. Los jugadores van y vienen, buscan al mejor postor, y con mucha razón: ni ellos, ni los ejecutivos que deciden a quién contratar se andan con chiquitas para llevar a sus sedes a aquellos que les convengan a los intereses del equipo, sin mirar pasaportes o lugares de nacimiento. Eso, pues, que quede para los vascos. Nos vemos por ahí.

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