lunes, mayo 27, 2024
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Camiseta 10 | Saber y no saber

Estampa 1: Hace algunos años, y mientras un grupo de periodistas de varios países bebíamos unas cervezas y comíamos un roast beef (o rosbif) con arroz y papatas en un restaurant de Londres, una colega inglesa, que por entonces despachaba una corresponsalía en Kenya, nos preguntó: ¿De dónde eres? “Soy de Venezuela, América Latina”, respondimos. “En América Latina no pasa nada”, ripostó la periodista.

Estampa 2: En “Saber y ganar”, programa español para concursantes conocedores de mucho del quehacer humano, le preguntaron a uno de los participantes por un futbolista brasileño campeón mundial en Suecia 1958, puntero derecho, famoso por sus alucinantes gambetas y cuyo nombre era Manoel dos Santos, más conocido por un apodo. “¿Cuál era el sobrenombre de aquel jugador?”. Y el hombre, solícito y seguro, respondió: “Tostao”.

Vaya, resulta que en los días del Mundial de aquel año Tostao tendría ¡11 años! y posiblemente apenas conocía Suecia por los mapas de las clases de geografía en el colegio de Belo Horizonte, la ciudad conde había nacido, y solo había oído hablar de un tal Garrincha…

Estas dos escenas narradas son solamente el sentido figurado de lo que representa América Latina para Europa, para los europeos. Sin mayores pretensiones, esto lo sabemos por lo leído y por lo visto estando en aquel continente: por allá solo se menciona a las demás naciones por algunas aisladas referencias.

Toda esta disertación la hacemos para dar a entender lo escabroso que debe ser para un jugador de esta raza, y particularmente de Venezuela, un territorio tenido en Europa como beisbolero, no solo para triunfar sino para el hecho de ser contratado. Será por eso que tiene que ser vista como una victoria nacional cuando tipos como Yangel Herrera, Darwin Machis o Tomás Rincón llevan la bandera venezolana cada vez que se enfilan hacia el arco adversario: ¿qué hicieron para que los de aquel lado del mundo se fijaran en ellos? Así de buenos serían…

El fútbol puede ser amable pero también un tanto cruel, con la Fifa y sus leyes inflexibles sin resquicio para jugadores y clubes. En estos días seguimos por televisión un partido del fútbol colombiano en el que uno de los equipos, Águilas Doradas, salió a la cancha con siete jugadores para enfrentar al Boyacá Chicó.

¿Dónde estaban los demás? Pues 16 futbolistas aguileños, aislados del mundo, padecían los rigores de la pandemia. Sus directivos, ante aquella alarmante situación, rogaron a la federación que el juego fuese suspendido; mas las autoridades, duras como rocas, deshumanizadas, obligaron al equipo a disputar la desigual batalla. ¿Eso fue consideración o un hecho de mala fe?

Nos vemos por ahí.

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