Había hojillas “Token” y “Sello Rojo”. Pero la marca más famosa de todo lo necesario para rasurarse era “Gillette”.
Hasta hace 50 años, en los clubhouse había docenas de maquinillas para rasurarse, siempre húmedas porque se usaban a menudo.
A nadie se le ocurría salir al terreno sin la cara limpia de toda vellocidad y el cabello recortado. Era una cuestión de elegancia masculina.
Nada de melenas, ni afros, ni bigotes, ni barbas, ni patillas. Vean fotos de Cy Young, Babe Ruth, Melo Almada, Joe DiMaggio, Mickey Mantle, Bob Feller, Ty Cobb, Juan Marichal, Luis Aparicio.
Tal presencia fue máximo orgullo de los peloteros hasta 1972, cuando los Atléticos comenzaron a violar esas buenas costumbres.
El propietario, Charlie O. Finley, premiaba con dinero a sus peloteros si se dejaban el bigote. El relevista Rollie Fingers, fue quien más billetes recibió.
El comisionado Bowie Kühn, fue el primero en permitir tales adornos. Hubo barbas tan escandalosas como la de Reggie Jackson. Y afros tan famosos como el de Oscar Gamble, quien no jugó con los Atléticos sino para otros siete equipos.
La californiana ciudad de Oakland celebró tres triunfos de Series Mundiales seguidos, 1972, 1973 y 1974 con sus peludos. Los supersticiosos recalcaban que esa parafernalia velluda era buena suerte.
Desde entonces los peloteros son, en mayoría, adictos a melenas, afros, bigotes, barbas y patillas. Pero lo que se ve en los últimos tiempos es el colmo de lo ridículo.
Ya no les satisface dejarse la melena a todo largo o a todo lo estirado, sino que se las tiñen de rubio, de rojo y hasta de azul y morado.
Para ellos, eso es “estar en lo último de la moda, en lo moderno. En una nota”. Y quizá tengan razón.
Aún cuando hay quienes creemos que tales excesos son poco masculinos. Muchos, o algunos, consideramos que el espectáculo del beisbol merece respeto y uniformidad.
Uniformidad y respeto comienzan por todos en el campo bien rasurados y con cortes decentes del cabello.
Desde luego, los anticuados, los viejos retardatarios, no podemos hacer más nada, aparte de protestar. Pero es evidente que el beisbol ya no es tan atractivo ni tan decente como lo era. Ahora Rob (Cabeza de Chorlito) Manfred es comisionado, hay bateador designado en las dos Ligas y quienes fijan los horarios de los juegos son ESPN y FOX.
¡Van mal, muchachos, van mal… muy mal!
Randy Johnson y Gerrit Cole se adaptaron
Vi acabar con las vellosidades sobre sus caras y con las melenas al llegar a los Yankees, a bigleaguers como Randy Johnson, Jason Giambi y Johnny Damon. Y ahora, el que cobra 324 millones, Gerrit Cole. En 1973, Thurman Munson, Sparky Lyle y Bobby Murce intentaron acabar con la política de la organización. Por eso, George Steinbrenner entregó a todos ellos un mensaje escrito:“A los jugadores, coaches y hombres ejecutivos les prohíbo presentarse con vellos faciales que no sean pequños bigotes, y el cabello capilar no podrá ser más largo de hasta el cuello”.
El primer bigleaguer con un secador de cabellera
Como ahora no está prohibido, los bigleaguers pueden dejarse crecer las melenas, los bigotes, las patillas y las barbas tan abundantes como quieran. Y teñírselas del color que les venga en gana. Pero al mismo tiempo, yo puedo emitir mi opinión acerca del horrible espectáculo que considero significa eso.
Los Yankees han sido tradicionalmente, conservadores en cuanto al aseo y la presencia de sus peloteros. No obstante, en 1962 llegó al equipo el primera base y outfielder Joe Pepitone, quien pronto se dejó crecer el cabello. Fue el primer bigleaguer en llevar al clubhouse un secador de cabello, lo que fue noticia, porque se suponía que eso era de uso femenino. Hubo muchos encontronazos entre Pepitone, el mánager y los ejecutivos del club, hasta que en 1969 salieron de él. Jugó con tres equipos más hasta 1973.




