sábado, agosto 13, 2022
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Visión de juego | Neutralidad en el deporte se maneja según convenga

Uno de los pilares en los que se levanta todo el entramado mundial del deporte está siendo profanado por las mismas organizaciones como el Comité Olímpico Internacional (COI), la Fifa, la Uefa, o la Federación Internacional de Atletismo (World Athletics), que vendían la vana ilusión de que la política y el deporte eran agua y aceite que no podían mezclarse por ninguna razón.

De allí que la sacrosanta Carta Olímpica señala en sus principios fundamentales que las entidades que la conforman deben mantenerse al margen de las diatribas políticas, pues “como el deporte es una actividad que forma parte de la sociedad, las organizaciones deportivas, en el seno del movimiento olímpico, deben aplicar el principio de neutralidad política”.

Y además garantizar el disfrute de las actividades deportivas “sin ningún tipo de discriminación, ya sea por raza, color, sexo, orientación sexual, idioma, religión, opiniones políticas o de otra índole, origen nacional o social, riqueza, nacimiento u otra condición”.

Bajo el principio en esa supuesta “neutralidad” el olimpismo siempre se hizo de la vista gorda ante los conflictos bélicos y la naturaleza de los gobiernos, pues los comités olímpicos nacionales gozaban de independencia y en ningún caso los deportistas y dirigentes podían ser responsables de las atrocidades que cometían sus respectivos gobiernos.

Así, pues, el COI no tuvo problemas en otorgar la sede de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 al gobierno nazi de Adolf Hitler; la Fifa también miró para otro lado cuando aceptó que la brutal dictadura de la Junta Militar presidida por Jorge Videla organizara el Mundial de Argentina 1978; y toda la gloria del Real Madrid se edificó en la Liga de España y los torneos de la Uefa bajo el auspicio político y económico que aportó el fascismo del general Francisco Franco a la directiva merengue.

En el Fútbol Club Barcelona nadie olvida que uno de sus más queridos dirigentes, Josep Sunyol, fue fusilado por el ejército franquista, y que las presiones del gobierno español inclinaron la balanza para que el argentino Alfredo Di Stéfano terminara vistiendo el uniforme blanco en lugar del azulgrana, cuando ya tenía un preacuerdo para jugar con el cuadro catalán.

El conflicto bélico entre Ucrania y Rusia, producto de la persecución de la población rusa en el país vecino y la profusión de bases militares de la Otan que amenazan la seguridad y la integridad del gigante euroasiático, también han cambiado la geopolítica del deporte. Las trasnacionales del juego olvidaron sus cartas y principios para tomar partido, discriminar y perseguir a todo lo que se vincule a Rusia.

¿Qué responsabilidad pueden tener el Comité Paralímpico y los atletas rusos con discapacidad por la guerra desatada? Ninguna, porque según la Carta Olímpica existe un principio de neutralidad que rige el deporte. Pero el Comité Paralímpico Internacional vetó la participación de los atletas rusos y bielorrusos (un país que paradójicamente propicia el acuerdo de paz entre Rusia y Ucrania) de competir en los Juegos Paralímpicos de Invierno de Beijing 2022.

¿Son culpables los futbolistas rusos de la crisis política propiciada por Estados Unidos y sus súbditos de la Unión Europea, que empujaron a Ucrania y Rusia a esta terrible confrontación? No, pero la Fifa eliminó de un plumazo a la selección de Rusia, país organizador del Mundial de 2018, y le robó el derecho de disputar el partido de repechaje ante Polonia para clasificar a Catar 2022.

Nadie está a favor de ninguna guerra, todas son un “monstruo grande y pisa fuerte, toda la pobre inocencia de la gente”, como cantaba la trovadora argentina Mercedes Sosa. Pero tampoco se puede ser indiferente contra la hipocresía de las instituciones que controlan el deporte a su real conveniencia.

La Premier League descubrió tarde que el dueño del Chelsea es un ruso

La privatización que se produjo en Inglaterra, alentada por las políticas antiobreras y de capitalismo salvaje impuestas por la primera ministra Margaret Thatcher durante sus once años de mandato (1979-1990), abrieron las compuertas para que los centenarios clubes cambiaran de dueños.

Las venerables sociedades que manejaban a los equipos, cuyo capital estaba conformado por cientos de accionistas, fueron sustituidas por el dinero de millonarios empresarios y sociedades financieras que compraron los clubes ingleses y también desalojaron a los obreros de sus asientos en los estadios, aumentando de manera desorbitada el precio de las entradas y remodelando las instalaciones para comodidad de la clase adinerada.

En ese momento, a los ingleses no les importó que el empresario ruso Román Abramóvich adquiriera al Chelsea e invirtiera millones de euros en convertir al modesto equipo en uno de los más poderosos clubes de Inglaterra y Europa. Pero ahora, el Gobierno inglés “descubrió” que Abramóvich y su cuantioso capital es de origen ruso y su fortuna ya no puede seguir en el fútbol. ¡Qué caraduras!

Los DT no pueden responder a la violencia con más fuego

El reciente despido de Leonel Vielma como entrenador de Estudiantes de Mérida recuerda la frase que repetía el sabio del banquillo, Manuel Plasencia, para describir la volubilidad de su oficio: “los técnicos siempre tenemos la maleta hecha para irnos de los equipos”.

Los resultados mandan en el fútbol y hasta los más encumbrados técnicos están expuestos a la dictadura de los triunfos y las derrotas. El rendimiento de la academia merideña bajo la conducción del antiguo mediocampista había sido irregular.

El revés en el primer choque de la nueva temporada ante Deportivo Táchira en el clásico andino generó un descontento en la afición de los académicos, que aspiran a pelear por el campeonato sin detenerse en revisar la escasa profundidad de su plantilla. La derrota ante Metropolitanos en el primero de la eliminatoria de la Copa Suramericana colmó las aguas.

Pero el detonante final fue el enfrentamiento verbal entre el técnico y la enardecida barra del club. Ningún DT puede responder a la violencia con más fuego.

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