domingo, agosto 7, 2022
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Camiseta 10 | Adiós Suramérica, nos vemos en enero

Los fusiles se acaban de guardar y ya no se oyen proclamas llamando a guerra; las diez selecciones de Suramérica descansan y aguardan por la vuelta a las canchas el próximo enero.

Con Brasil y Argentina no hay discusión posible: ya entraron en la aeronave rumbo a Catar, y poco les ha de importar lo que pase allá abajo, en el tumulto de equipos que comenzarán, en el primer mes de 2022, la batalla por dos cupos mundialistas y el agregado a la repesca. Ecuador, que ya no solo gana en Quito sino también en Santiago de Chile, emerge del barullo y ya mira cercanos los rascacielos de Doha. De ahí para abajo, agárrense. A quien escribe le preocupa, particularmente, Colombia. ¿Cómo este grupo de aquilatados jugadores, hombres de planta en equipos de la “high” europea no han podido levantar el vuelo? Ahora nos viene a la memoria el arrase en su primer partido ante Venezuela. Aquello fue para el asombro, deslumbró al continente y se creyó que, al fin, los colombianos habían llegado a la cumbre de su madurez futbolística…

El ir y venir del Premundial ha desmentido la creencia, y Colombia, descuadernada, sin horizontes, no consigue su verdad. Y nos preocupa Uruguay, en horas bajísimas, perdido en un fútbol anticuado y lleno de incertezas, dependiendo de que a Luis Suárez y Edison Cavani se les prenda la mecha y hagan goles impensados. Los uruguayos perdieron aquel no darse por vencidos por adversas que sean las circunstancias, y se desmoronan al caerles el primer gol del adversario. Chile desconcierta, parecía que ya había conseguido el tesoro escondido en el arco iris hasta que llegaron los ecuatorianos para dejarlo varado en la calle Providencia (una de las más importantes de Santiago)…

Siempre hemos creído en el fútbol peruano. Nadie como sus jugadores para amansar la pelota, para hacerla suya con su buen pie y educada manera de tratarla. Son gitanos, como se dice en el fútbol, porque con ellos nunca se sabe a qué atenerse: hoy maravillan, mañana decepcionan. Y ahora hablemos de Bolivia: sin jugadores de renombre, con excepción de Moreno Martins y con su modestia como bandera, sigue empecinada en conseguir el botín. Con los bolivianos se reafirma que el fútbol es actividad cooperativista, de compañerismo y bloques y no de individualidades: el grupo hace al uno, y no el uno al grupo. Paraguay se para firme ante cualquiera, pero esa condición no basta; su fútbol oscuro, sin brillo ni luces, sigue atrapado en un pantanal del que no sale desde hace tiempo. Y Venezuela, ¿y Venezuela? Ya lo dijimos: volver a empezar, partir desde la nada para que la nada ofrezca frutos, y “ojalá que llueva café”.

Nos vemos por ahí.


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