sábado, julio 20, 2024
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Camiseta 10 | La metáfora del 18

No sabemos cuántos de los que siguieron el partido por la televisión, ni cuántos de los que estuvieron en el estadio Olímpico la noche del domingo repararon en el hecho. Con el partido igualado, Eduard Bello se enfiló hacia la pelota, la golpeó con ansias de trascendencia y el arquero ecuatoriano, entre incapaz y sorprendido, vio sus dedos torcerse ante el impacto que con velocidad de luz penetraba en su cabaña. Desmantelado, caído en la acción, desamparado por las circunstancias vio el balón penetrar en lo que parecía inviolable. Entonces Bello corrió hacia sus compañeros en procura del abrazo fraterno, y le vimos el número estampado en su camiseta: era el 18. Sí, el 18. Entonces la metáfora se había consumado, no le faltaba un solo detalle, estaba completa. Tiro libre, gol, y la traviesa memoria, que algunas veces traiciona pero que en ocasiones es amable, recordó que en una época reciente los disparos libres y los goles desde cualquier punto de la tierra eran propiedad de la camiseta 18. La de Juan Arango. La de Eduard Bello. La de la Vinotinto…

Eduard Bello llegó a la selección sin aspavientos, muy callado, porque sabía que delante de él había gente. Pero el fútbol, que tiene imponderables, clavó su mirada en Yeferson Soteldo y ya no se contó con él. Leonardo González, con su conocimiento de antiguo jugador del mediocampo, recurrió al 18. Y pasó lo que el inapelable destino guardaba en sus equipajes. ¿Sabía Bello lo que representaba llevar ese número en su espalda? Desde el domingo en la noche Eduard es visto con otros ojos. Ya no es el muchacho que llegó del fútbol chileno a ver qué pasaba; ahora es un fundamento con el que cuenta la insurrección venezolana que quizá hoy, en Santiago de Chile, siga alzando el vuelo “y partiendo el cielo en dos”, como le oímos cantar una vez a un poeta…

En la tarde de expansión, los jugadores caminan por Teatinos, cruzan en Moneda y se acercan a San Antonio; pasan a un lado de Plaza de Armas y llegan a Merced. Son las calles peatonales del centro de Santiago, en las que en cada esquina se consiguen las empanadas chilenas y los llamados “café con piernas”, pequeños negocios donde linda muchachas con faldas muy cortas despachan la humeante bebida. Por allá hemos estado con Gerardo Blanco, querido compañero de Líder, y con él hemos admirado la placidez y el vino de la ciudad en la que Andrés Bello es venerado. Vuelta de los jugadores al hotel, el paseo ha llegado a su fin y en pocas horas parten llenos de esperanzas hacia el estadio de la Universidad Católica, en el sector San Carlos de Apoquindo, en donde pronto habrá disputa de balones y territorios. Nos vemos por ahí.


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