martes, diciembre 6, 2022
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Una fiesta ajena que puede ser propia en el Mundial de 2026

Disfruten de una nueva entrega de Visión de Juego por Gerardo Blanco

Venezuela nunca ha clasificado a una Copa Mundial de Fútbol de selecciones absolutas de la FIFA, pero esto no ha sido óbice para que este evento paralice al país y acapare la atención durante treinta días de competencia. El Mundial siempre ha sido una fiesta ajena que se vive con una pasión desbordada, a la espera de que alguna vez la Vinotinto ocupe un lugar entre las naciones que acuden a la máxima cita del balompié.

El efecto que tuvo el Mundial de México 1970, el primero que se transmitió en directo para Venezuela y que generó en el planeta el asombro de la selección brasileña, con el Rey Pelé, Tostao, Rivelino, Gerson, Carlos Alberto y Jairzinho orquestando el fútbol coral más depurado y estético de la historia de estos campeonatos, hizo que el país también fuera hipnotizada por el embrujo del “jogo bonito” y la magia del primer 10 absoluto del fútbol.

Ante el fracaso reiterado de la Vinotinto, en Venezuela se produjo un extravío en las querencia de los aficionados. Una amplia mayoría de los venezolanos adoptó a Brasil como su selección y era común ver a la gente vestida con la camiseta verdeamarilla, y ruidosas caravanas recorriendo las calles de Caracas y otras ciudades para festejar los triunfos de Brasil en los mundiales como si fueran propios.

El apoteosis de ese llamado “pastelerismo” lo vivimos en la ya lejana eliminatoria el Mundial de Italia 1990, cuando Brasil se presentó en el estadio Brígido Iriarte para enfrentar a Venezuela y el estadio de El Paraíso parecía el Maracaná. Miles de venezolanos con camisetas verdeamarillas plenaron el estadio y cada jugada de la canariña de Romario, Careca, Dunga y Bebeto era celebrada con aplausos y gritos de aprobación, mientras que la Vinotinto de César Baena, Nelson Carrero, Bernardo Añor y Carlos Maldonado prácticamente jugó como visitante en su propia casa.

Pero el boom de la Vinotinto que surgió en 2001 bajo la conducción de Richard Páez, se produjo un cambio de mentalidad de los nuevos aficionados al fútbol. Los cuatro triunfos consecutivos de la selección en la eliminatoria a Corea y Japón 2002, más el estilo de juego atrevido de control del balón, toque a ras de piso y pases filtrados para romper las defensas que practicaba aquella Vinotinto de Richard Páez, produjo un enamoramiento y arraigó definitivamente a la selección nacional en el alma de los venezolanos.

Por eso, a partir de 2001 los mundiales en Venezuela se miran con otros ojos. Se siguen celebrando los triunfos de los países afines, pero ahora lo que se quiere es que la Vinotinto llegue a ese escenario y podamos ser 30 millones de venezolanos unidos por una misma pasión futbolística. Gracias a los triunfos de la Vinotinto de Páez, que luego se extendieron con la selección de César Farías y su cuarto lugar en la Copa América de Argentina 2011, hay una conciencia nacional de que el fútbol es más que un juego.

Es una actividad deportiva que otorga sentido de pertenencia y unifica el país alrededor de un equipo, al que le llueven los elogios y las críticas, y muchas veces se le exigen más de los que sus propias posibilidades pueden dar ante rivales con más historia, recursos y calidad de jugadores. De allí la importancia del proyecto que ahora encabeza el técnico argentino José Néstor Pékerman, quien debe contar con todo el respaldo del país para que la próxima Copa del Mundo ya no sea una fiesta ajena, sino que en 2026 el país viva en carne propia la alegría de disputar un Mundial.

La evolución táctica pasó del catanaccio a la presión alta

Los mundiales de fútbol son escenarios para exhibir las nuevas propuestas tácticas de las selecciones. Del catenaccio italiano que permitió a la Azzurra conquistar dos copas del mundo; el fútbol vio luego el juego luminoso de los mágicos magiares de Hungría que si bien perdió la final ante Alemania en el Mundial de Suiza 1954, sembró la semilla del fútbol asociado, solidario y ofensivo.

La impronta de aquel equipo comandado por Puskas y dirigido por el genio del entrenador Bela Guttman, quien realizó la primera revolución táctica al retrasar a un delantero para convertirlo en medio centro y conseguir mayor dominio del balón y superioridad numérica en el ataque, permitió el surgimiento de un fútbol más dinámico.

En México 70 se produjo la apoteosis del fútbol coral de Brasil y el Rey Pelé; en Alemania 74, la naranja mecánica de Johan Cruyff también asombró con su fútbol total; y en México 1986 vimos la épica de Maradona, el hombre orquesta. En Rusia se impuso la presión alta y las transiciones a toda carrera. Veremos que sorpresas nos depara este Mundial.

No hay secretos ni jugadores emergentes que sorprendan

El hecho de que el fútbol se haya globalizado y no exista una sola selección que pueda ocultar sus secretos ha devenido en que los mundiales hayan perdido algo de magia.

Todos saben a qué juega cada equipo, cuáles son sus movimientos y qué futbolistas pueden desequilibrar con un rapto de genialidad. En 1958, cuando Pelé apareció con su cara de niño y sus apenas 17 años en el Mundial de Suiza, nadie tenía idea de que se trataba de un prodigio del juego. Ahora, todos están prevenidos y saben que Messi, Mbappé, Neymar o Cristiano Ronaldo pueden cambiar el curso de un partido con su inventiva, y que los jugadores emergentes serán los Vinicius, Rodrigo, Musiala, Pedri o Ansu Fati, que también son conocidos a fondo.

La transmisión de los partidos de las selecciones y los sistemas para recabar información pusieron fin al espionaje de los entrenamientos, porque no hay manera de ocultar las estrategias. Ya no hay jugadores que sorprendan, porque todos saben quién es quién en esta época de la información instantánea.

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