Cierta vez, en un foro sobre el idioma español, le preguntaron a Gael García Bernal sobre la palabra más hermosa y sonora de la lengua. Sin dudarlo un instante, el actor mexicano respondió: “¡Querétaro!”.
Desde entonces, el nombre de la ciudad del centro-norte del enorme país nos ha sonado en la cabeza, particularmente el pasado fin de semana, cuando hordas de hombres y mujeres se echaron al campo del equipo queretano para ver quiénes eran los más guapos de todo México.
La señas más evidente de aquel turbión, del caos absoluto entre gentes desaforadas del Querátaro y del Atlas, su rival de esa tarde, no fue el fútbol ni el deportivismo ni nada que marca el orden y la decencia representada en el deporte: fue la aparición, tirados en la calzada como despojos de guerra, de cuerpos inertes que de haber podido hablar hubiesen maldecido la mala idea del haber ido al partido innombrable…
Y aquí entran en escena las llamadas “redes sociales” (¿por qué le habrán puesto ese nombre?). Aparecidas en la vida humana para comunicarse y aliviar distancias y tiempo, pueden, como todo lo que el ser hace, también tomar los senderos del mal.
Hablaron de uno, de tres, de treinta y cuatro y de cientos de fallecidos por el huracán futbolístico sin siquiera estar en lugar de los acontecimientos. Y hubo quienes le creyeron, porque como cuando apareció la televisión, las redes son el nuevo catecismo infalible de la sociedad. “Porque lo dijo la televisión”. “Porque lo dijeron las redes”.
Cambia la forma, pero el fondo se mantiene intacto. Es la conversión de la gente en ovejas del rebaño, porque claro, es lo simple, lo que está a la mano: qué bueno es segur la corriente, todo reímos, y todos tan contentos, como bien dijo Ernesto Savater. Lo duro, lo titánico es remar al revés porque ahí hay que asumir las consecuencias…
El periodismo se ha convertido en eso: en un juego, a menudo manejado por irresponsables que no miden la desembocadura de lo informado, por su “obra y gracia” convertido en desinformación.
Entonces, y con la armadura puesta para que los ataques de nostalgia no nos hagan perdernos en su laberinto, habría que añorar aquel periodismo serio que investigaba antes de soltar la prenda noticiosa, porque había un sentido de la responsabilidad que, evidentemente, hoy muchos no conocen.
Es una lucha sorda entre la seriedad y el sentido lógico y moral versus el teléfono celular en manos de otros. Hoy día cualquiera es “periodista” y juega a serlo. Se sienten “testigos protegidos” por el anonimato, y a la vera del río de la verdad. Parecen decir: esas aguas pasan, ¿y a mí qué me importa? Nos vemos por ahí.




