La del jueves pasado fue, en términos figurativos, una noche sin luz de luna para el fútbol venezolano. El fútbol, para que sea lo que es, y para que haya alegría en la grada (aunque en estos casos en el lugar de las casas donde enciendan los televisores) tiene que beber en ese abrevadero felizmente llamado gol.
Del gol se respira, se vive, y aunque a veces pueda la gente conseguir inútil consuelo en el “perdimos, pero se jugó bien”, ese orgasmo colectivo es la esencia del juego. Y eso, por cierto, fue una carencia absoluta en los equipos venezolanos en la jornada de hace cinco días, en la que marcar y reír, anotar y vencer terminó por ser una extrañeza.
Perdidos en el bosque de la ineficiencia, chapoteando sin rumbo en el everglades de su falta de visión, decepcionaron y dieron pie a que ahora estemos escribiendo estas líneas y no las que imperiosamente ordenan las victorias…
Táchira no consiguió descifrar en La Paz al Always Ready boliviano, La Guaira se enredó en sus propios pies frente al América colombiano en partido jugado en Caracas, y el Aragua, válganos, puso en funcionamiento ante en el Gremio la máquina del tiempo para remitirnos a años perdidos en el túnel de las derrotas estrepitosas, vergonzantes; aquellas que, por inexplicables, pertenecen no a la lógica humana, sino al teatro del absurdo.
Sabemos que puertas adentro el cuadro aragueño pasaba por una tormenta, que había dificultades en sus cuadros interiores, pero ni así se puede justificar esa maldad enviada, como una piedra de mal presagio, al fútbol nacional. Ahora, ¿qué hacer, como recuperar la imagen de equipo luchador en el más puro estilo venezolano? Porque ante el Gremio solo se vieron sombras divagantes sin ambiciones ni agallas, muchachos que dejaron al rival hacer del juego una diversión de jueves por la noche….
En días pasados, en “Camiseta 10” escribimos, erradamente, que Argenis y Edson Tortolero habían sido los únicos padre e hijo en defender la Vinotinto. Ligereza de quien escribe u olvido del momento, porque la verdad es que ha habido otras dos familias venezolanas en las canchas del mundo: los primeros fueron los Cichero, pues Mauro, el papá de la dinastía, estuvo con la camiseta nacional varias veces, una de ellas en los Juegos Olímpicos de Moscú 80.
Sus hijos, Alejandro y Gabriel, han sido consecuentes jugadores del equipo patrio. También los Maldonado: Carlos jugó por años con la Vinotinto, y luego su Giancarlo, retirado del fútbol hace poco tiempo. Y los arqueros Vicente y Renny Vega. Asunto aclarado, mis disculpas por el bache informativo.
Nos vemos por ahí.




