Al mirar los nombres de las dieciséis selecciones que disputarán en pocas semanas el oro olímpico en Japón, volteamos la mirada y sentimos nostalgia por el equipo Vinotinto. Solo una vez, en Moscú 1980, Venezuela pisó esos terrenos, una distancia de tiempo que ya llega a 41 años.
Por eso a Iker Zubizarreta, autor de dos goles, y Bobby Elie, dueño del otro, les debe correr un gusano en el estómago y hormigas en los pies al clavar sus miradas en los medios de comunicación con cierta tristeza, y darse cuenta que de nuevo está en el listado olímpico Honduras, y no porque no tengan los catrachos méritos suficientes para intentar la hazaña, sino porque su fútbol no está muy lejos del venezolano.
La Vinotinto, infelizmente, cayó en la clasificación en Colombia, en una competencia en la que no mostró todo de lo que puede ser capaz. Qué habrán sentido también Bernardo Añor, Nelson Carrero, Pedro Acosta, todos aquellos jugadores, y cómo no, Manuel Plasencia, técnico de entonces, viendo los partidos por televisión. Seguramente debe haber sido sofocado por un gran pesar, y pensando “ahí debimos estar nosotros”. Sí señor: ahí debieron estar ellos.
Por entonces el fútbol de los Juegos tenía otras características, y siempre era dominado por los países del este europeo. Disputaban la batalla por las medallas con los mismos equipos que asistían a los mundiales, una ventaja que se disipó con la entrada triunfal de los futbolistas profesionales. Ahora el panorama es muy distinto.
Hoy día tres jugadores menores de veintitrés años, llámense como se llamen, sean figuras o no, se bajan de sus estrados preferentes de las grandes ligas para ir a la Olimpiada: estar ahí da un nuevo prestigio, contrario al anonimato de otros tiempos. Recordemos la final de 2016, en Río de Janeiro, en la más reciente: el gol decisivo en el estadio Maracaná, de tiro penal para la victoria de Brasil, fue marcado por Neymar. Cualquier cosa.
Ir a los Juegos Olímpicos debe tener para la Vinotinto algo así como una pava, una mufa, un fukú, porque no ha habido manera de armar un equipo tan competitivo para llegar. Generaciones han ido y venido, la marea ha subido y bajado, y la clasificación sigue sin llegar. El más reciente test se organizó solo para juveniles reforzados con jugadores experimentados, pero la decepción fue la misma de otras veces.
Estar en los Juegos se ha convertido en el emblema de lo imposible. Una pava, una mufa, un fukú.
Aquella injusticia
Una posición adelantada en el partido contra Cuba, “como de una cuadra”, como recuerda amargamente Manuel Plasencia, sacó a la Vinotinto de la siguiente ronda.
Luego de caer ante la Unión Soviética, llegó la mala hora en el partido frente a los antillanos y el árbitro español Emilio Carlos Guruceta, que validó una de los robos más escandaloso que recuerde el fútbol olímpico. Se dijo entonces que había presiones detrás de las paredes, tomando en cuenta la identificación ideológica entre los anfitriones y los vencedores de ese capítulo. Después llegó la victoria ante Zambia, que de poco valió luego del descalabro anterior.
EN TIPS
Campeonísimo
Los jugadores uruguayos llevan cuatro estrellas en sus camisetas: dos por conquistas en mundiales y otras dos por oros olímpicos cuando no se jugaban las copas del Mundo.
Latinoamérica
Después de Uruguay, solo Argentina, dos veces, México y Brasil han dado al continente triunfos en los Juegos.
Africanos
Hace algunos años se vaticinó que el continente negro hablaría alto en el fútbol. Ha sido así, pero solo en 1996 por Nigeria y en el 2000 por Camerún.
Magyares
Hungría, liderada por los jugadores de aquella maravillosa generación, Puskas, Kubala, Kocsis, ha sido la más ganadora: tres veces en lo más alto del podio.




