Palmeiras contra River Plate; Boca Juniors ante Santos. Brasil-Argentina; Argentina-Brasil en las semifinales de la Copa Libertadores. Como si fuera un artificio de espejos, un truco de prestidigitadores, un año y otro se repite que equipos de estos países sean los de las grandes decisiones de los grandes campeonatos.
Pasan los días, los meses y los años, y casi que los siglos, y no hay interrupciones de otros colores. En una era terció Uruguay, que con Peñarol y Nacional se atrevió a retarlos ocho veces en las canchas suramericanas; algunas veces, tres, Paraguay con el Olimpia; Colombia con Nacional de Medellín dos veces y Once Caldas; Chile con Colo Colo, Ecuador con Liga de Quito.
Lo demás, casi todo para los gigantes del área, aquellas manifestaciones del fútbol que confirman la creencia de que las raíces, las tradiciones y los nombres pesan y que hay en las camisetas un fulgor que la historia se ha encargado de encender y mantener…
Los clubes argentinos ya suman veinticinco Libertadores, los brasileños, que al comienzo del torneo no le daban importancia, han llegado a diecinueve. Es decir, cuarenta y cuatro copas de las sesenta disputadas en dos países, y eso es mucho decir, mucho contar.
Esta realidad incrementa su valor si recordamos que casi cuatro mil jugadores nacidos en sus geografías actúan en el exterior: ¡cuatro mil! Eso dimensiona su poderío, su bagaje, su todo. Imaginemos a los equipos de Brasil y Argentina si pudiesen recoger todos sus talentos y conformar sus alineaciones con los hombres que juegan aquí y allá: ¿quién pudiera vencerlos? Siempre son ellos; ellos siempre son…
Contra lo que se cree, especialmente las nuevas generaciones de aficionados que se desviven por la Vinotinto y no miran hacia los lados, en algún tiempo Venezuela estuvo cerca. Portuguesa, Atlético San Cristóbal y ULA-Mérida se asomaron en las semifinales de Libertadores, y fueron noticia sonora en toda Suramérica por su juego y porque aparecían de un fútbol sin logros importantes.
Luego varios cuartos de finales, y hasta ahí la fiesta. Por lo que se otea en el horizonte, por lo que se respira y se siente, Brasil y Argentina van a seguir acaparando títulos. Su solidez, a pesar de ciertos desórdenes internos en sus organizaciones y el genio de sus jugadores, da para mucho más.
Vamos a esperar el partido final de esta Copa, sus circunstancias y sus avatares para seguir admirando dos expresiones futbolísticas que siguen siendo el oasis de un desierto americano que sigue a la zaga, y cada día más a la zaga, de lo que en el fútbol se hace en Europa.
Nos vemos por ahí.




