La trascendencia de Salomón Rondón

Nunca hemos concedido un palmo en la estéril discusión acerca de cuál jugador ha sido el mejor que haya visto el fútbol. Siempre hemos sostenido la teoría de que cada uno en su momento, según sus circunstancias y el contexto que le haya correspondido. Otro asunto muy diferente al anterior es el de la trascendencia, porque aquí el valor del tiempo es fundamental. Un jugador o atleta ha trascendido a su época según los campos de la vida que haya vulnerado. No basta haber sido bueno en las canchas, sino también haber movido a la sociedad; y es aquí donde, más que haber sido un monstruo como se suele decir en el fútbol, está la grandeza. Muhammad Ali ha sido uno de los grandes boxeadores de la historia y si ha sido el mejor eso está en discusión, pero ¿quién duda que ha sido el atleta que más ha influido en el comportamiento humano? ¿Y qué decir de Michael Jordan, quien sobrepasó las fronteras del baloncesto para llegar a ser una forma del comportamiento de la juventud en el mundo entero? ¿Y Pelé, que tuvo un magnetismo tal que hasta llegó a parar la guerra fratricida del Congo solo por ir a ver su alquimia capaz de transformar jugadas comunes en encantamiento del fútbol?…

Todo esto para hablar de Salomón Rondón. En España, Rusia, Inglaterra, China no solo han sido sus goles decisivos, sino su personalidad avasallante la que ha iluminado los partidos. Cuando se habla de la Vinotinto, insurge su nombre porque su trascendencia es innegable. No se habla de otros, no se esperan milagros de otros jugadores: se dice, en relación al adversario, “hoy Salomón los ajusticia”. Tal vez su nombre no ha llegado a otros ámbitos de la vida del país porque el fútbol en Venezuela aún no hay adquirido esa matiz de importancia social, pero cuando el tiempo pase, cuando haya que sacar cuentas de lo que ha sido este deporte para los venezolanos, Salomón será el primero de la fila…

Andando por ahí, por una de las bulliciosas calles de Miami, el sonido dulce de una flauta, seguido por la voz de un cantor popular, nos remueve las fibras entrañables de la venezolanidad. “Caballo le dan sabana porque está viejo y cansao….”, entona aquel hombre con emoción, y nosotros detenemos nuestro andar para terminar de oír ese himno de los años viejos nacido desde la poesía del maestro Simón Díaz. El cantor de Miami no sospecha cuánto agradecimiento despertó en aquel momento en quien ahora escribe. Cuánto agradecimiento. Nos vemos por ahí.

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