A sus 18 años de edad aun sin cumplir, Rainier Jesús es el más reciente prodigio brasileño descubierto por el Real Madrid. Ingenioso, decidido, iconoclasta cuando hay que serlo, ha roto todos los focos de la afición de su país, y desde las trincheras luminosas del Flamengo mete utensilios de juego en la mochila porque en días va a viajar a la capital de España para deslumbrar con el fútbol aprendido en Gávea y en el Nido de Urubú.
Como Vinicius en el 2018 y Rodrygo un año después, el toque a Rainier fue dado por Juni Calafat, el ojeador en quien el Madrid ha apostado todo este tiempo. Él mira, descubre y elige. Escogió a Vinicius desde el Fla con puntería de francotirador, a Rodrygo salido del Santos con certeza de Robin Hood, y ahora a Rainier.
Entonces, veamos. Calafat no se conforma con ir a Río de Janeiro a descubrir el mundo de la magia, sino que estira sus miradas hasta Sao Paulo, y por allá, callado la boca, sin decirle nada a los posibles aspirantes europeos, ha visto jugar a un muchacho venezolano, hábil con la bola al pie, fácil para las artes de adivinación y un fantasma para el desmarque y la burla. Se llama Yeferson Soteldo, y como el buscador reincide en la juventud, bueno, el mediocampista de Acarigua solo llega a sus veintidós.
Excepto Rainier, no va a ser posible admirar a estos jugadores en el inminente Preolímpico. Sus equipos, celosos como amantes inseguros, han prohibido su presencia en Colombia; entonces habrá que verlos con sus equipos. Aquí vale la pena poner sobre el mesón un argumento irrefutable: Soteldo no nació abajo del Amazonas, sino arriba del gran río. El ser venezolano hace que tenga que redoblar esfuerzos, dejar la piel en cada partido para convencer a Calafat, porque por Europa siguen con la idea de que Venezuela es país de jugadores de beisbol, no de pateadores ni dominadores de balón. Vaya falta de actualización.
El Real Madrid está convencido de que, pasado el tiempo de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo, y con los vaivenes existenciales de Neymar, en Brasil va a aparecer el nuevo redentor del fútbol universal. Apuestan a los adolescentes y por eso están seguros que puede ser Vinicus, Rodrygo o Rainier Jesús. Pero qué bueno sería que un día de estos, y si se lo preguntan a Calafat, el hombre responda que por Sao Paulo cada fin de semana “rompe la pelota” un chico, inquietante y perturbador, que no es nacido en Brasil sino en el estado Portuguesa, Venezuela.
Chiquito, pero como Altuve
En Brasil lo llaman “Soteldinho”, diminutivo de su apellido, colocado por la “torcida” a los jugadores pequeños y habilidosos. En tiempos de gigantes, cuando solo los que sobrepasan el 1,80 son bien considerados, Soteldo, con aquella diminutez que lo eleva del suelo solo 1,60, es la versión en el fútbol de José Altuve en el beisbol. Uno y otro han hecho pedacitos los malos presagios, y ahí están, uno dando palos, y el otro, con la camiseta 10 que han llevado los colosos, divirtiendo a una afición que desde las gradas del estadio de Vila Belmiro no se cansa de corear, a toda voz, aquel nombre: “¡Soteldinho, Soteldinho!”.





