¿Un outsider para la selección?

Nunca como esta vez el término “outsider” había tenido su real valor. Se habla de “outsider” cuando algún inesperado llega, ante otros candidatos con favoritismo, para cumplir determinada función. Esa es ahora la atmósfera que rodea a la Vinotinto si es cierto todo lo que se ha dicho y dejado de decir acerca la salida de Rafael Dudamel del equipo nacional, pues el hombre parece poner proa hacia el Atlético Mineiro de Belo Horizonte. Habrá que comenzar por decir que la situación actual en mucho se parece a aquella cuando Noel Sanvicente tomó el comando de la selección, en 2014, antecedido por un vacío de siete meses en los que la Federación Venezolana chapuceaba en una ciénaga de nombres para saber quién iba a ser el sustituto de César Farías. Por estos días de nuevo salen los fantasmas de la incertidumbre, porque la incertidumbre parece acompañar a todo lo que acontece con el fútbol del país…

Solo que hoy no es como ayer. Hace algunos años se le huía al cargo, o se tomaba a la selección para catapultarse. Ahora, con todo lo ganado, con el respeto que se ha regado por los ámbitos de Suramérica, es disputado y, por así decirlo, algo que se parece al honor. Entonces, como en los días de Sanvicente, emergen desde las fuentes del fútbol nombres y más nombres: Richard Páez, Jorge Luis Pinto, Gabriel Jaime “Barrabás” Gómez, Eduardo Saragó, Gianni Savarese, algún argentino… ¿Quién? Páez insurge como el preferido de la gente, porque con la memoria en juego, con los dulces recuerdos de su paso por la selección, es elegido por la memoria popular; sin embargo, sus irreconciliables diferencias con la directiva federativa seguramente serán una piedra en el camino. Los demás son posibilidades ciertas y alguno podrían aparecer, un día de estos, firmando el contrato para los próximos años…

Ahora, el outsider: ¿quién será ese, el osado que se atreva a tomar las riendas en esta arena movediza del fútbol nacional, en el que se entreveran intereses que van desde la selección hasta el hecho político? Anunciar un outsider suele ser un acto de aventureros, pero quien escribe tiene la sensación, apuntalado por el surrealismo venezolano, que el nombre de ese inesperado técnico es Rafael Dudamel. Sí, Rafael Dudamel. Que el outsider sea el que aparentemente se va, hace la figura del dragón que se muerde la cola. Es, como la película española ganadora del Oscar como film extranjero en 1982, “volver a empezar”. ¿Y acaso estaría mal? El que no parece, es el que parece. A un costado de enfrentamientos sordos y palaciegos, lo hecho en los meses recientes alcanza para que el tipo siga. ¿Está de acuerdo?

Nos vemos por ahí.         

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