Carlos Horacio Moreno, uno de los grandes entrenadores del fútbol nacional, tenía una explicación marxista, casi salida de Los conceptos elementales del materialismo histórico de la intelectual chilena Marta Harnecker, un libro de culto en los años 90 en las escuela de periodismo de la UCV, para analizar lo que ocurría con los equipos venezolanos, que luego de marcar pauta y coronarse el Torneo Apertura se volvían intrascendente en el Clausura.
“Es muy simple, Blanco”, abría su razonamiento con ese tono mitad argentino mitad tachirense que marcó su carrera desde que en 1972 llegó al país a reforzar al Portuguesa y con el tiempo se hizo un venezolano más. “Lo que pasa es que los jugadores se aburguesan, como aseguraron un título y premios, ya no corren igual en la segunda mitad ni luchan con la misma intensidad para ganar”.
El recuerdo viene a la memoria, porque la historia se repitió esta temporada con la UCV de Daniel Sasso. Durante los primeros seis meses de la actual zafra, el cuadro tricolor fue el equipo más ilusionante. En su debut en la Copa Libertadores le hizo frente al gigante brasileño Corinthians, y aunque terminó eliminado con un global de 4-3, puso a sudar frío a Timão en la Arena de São Paulo en un partido emotivo, valiente, en el que la segunda parte fue dominada por el equipo venezolano que hizo méritos para al menos igualar.
Ese espíritu combativo de la UCV tuvo su mayor expresión en el choque más exultante del cuadrangular semifinal de su grupo en el que a puro coraje y determinación igualó 4-4 con Anzoátegui, luego de comerse tres tantos en los primeros 45 minutos. El hambre de trascender el en torneo también la exhibió al devorarse el favorito Deportivo La Guaira y derrotar en la final al bicampeón Táchira para obtener su primer título desde 1957, cuando el tricolor se convirtió en el primer campeón del fútbol profesional venezolano.
Pero esa UCV se apagó en el Clausura, no corrió ni metió ni luchó con la misma intensidad del Apertura, y solo mostró sus dientes en la Copa Venezuela para liquidar a Carabobo en tiros penales, el mismo rival con el que vuelve a luchar, esta vez por el reinado absoluto.
Su eliminación para los cuadrangulares del Clausura hizo olvidar lo bueno que fue la UCV en la primera mitad. Tal vez se aburguesó, como teorizaba Carlos Horacio, y ahora deberá demostrar en la final que su fuego sigue encendido para materializar el título de campeón.
La simplicidad y eficacia de Farías
Daniel Farías siempre ha tenido que sobrellevar el peso y la mayor exposición mediática de su hermano César, con quien inició como asistente en el banquillo hasta abrirse paso por cuenta propia en el fútbol nacional, donde ha tenido más éxito que el mayor de la dinastía.
Campeón absoluto con el Deportivo Táchira y con La Guaira, Daniel puede presumir en las reuniones familiares de títulos en Primera División que César no consiguió en los banquillos de Nueva Cádiz, Zulianos, Trujillanos, Táchira, Mineros y Anzoátegui.
Pero más allá de los trofeos, lo que ha marcado la carrera de Daniel en el fútbol nacional es el orden matemático, la solidez defensiva de sus equipos y la practicidad para elaborar las transiciones ofensivas. Menos elocuente que su hermano para teorizar sobre el juego, y más bien acostumbrado a mantener un perfil bajo, lejos de los focos y del protagonismo que prefiere dejar que asuman completamente sus dirigidos, Daniel es un especialista en desconstruir la propuesta del contrincante, como hizo en la final del Clasura con la Academia Puerto Cabello a la que anuló sin cortapisas, negando líneas de pase y reduciendo a cenizas el poder ofensivo de Edwuin Pernía, el más contundente artillero del torneo. Sus equipos no deslumbran, pero son eficaces. Apenas necesitan exprimir el error del rival o un rapto ingenioso de la mejor ficha, como ahora con Yohandry Orozco, para imponer su simplicidad.
El triunfo del equipo de espada es fiel reflejo de un país que no se rinde
Es muy probable que Venezuela ceda de nuevo el primer lugar de los Juegos Bolivarianos a Colombia, en la cita multidisciplinaria que se celebra hasta el 7 de diciembre en Ayacucho-Lima. En las últimas dos décadas, el país cafetalero ha quintuplicado su inversión en el deporte con la celebración de varias ediciones de los Bolivarianos, Juegos Centroamericanos, Panamericanos Junior, y Centroamericanos Escolares, que explican en parte su enorme despegue a nivel regional y mundial en el deporte.
En cambio, las criminales sanciones y la guerra económica contra nuestro país, impactaron gravemente al deporte venezolano, al punto tal que las selecciones dejaron de concentrarse y el estado debió hacer magia para que los atletas se mantuvieran compitiendo en el llamado ciclo olímpico.
Pero en esta vigésima edición de los Juegos dedicados a la memoria del Libertador Simón Bolívar se evidencia el reimpulso tenido por el deporte nacional en este último año. El crecimiento económico del país también se ha expresado en el deporte, con selecciones que se concentraron desde enero, que realizaron giras de preparación y con atletas que han mostrado una garra para luchar cada medalla con puños y dientes, como hizo el equipo masculino de liderado por el inagotable Rubén Limardo.
El final de esta prueba, ganada el jueves 38-34 a Colombia, ejemplificó como pocos triunfos ese fulgor que anima a Venezuela en tierras peruanas. Pese a las lesiones, al arbitraje adverso a la selección, los espadistas criollos se sobrepusieron y conquistaron el oro, en combates memorables, reflejo fiel de un país que nunca se rinde.




