El pasado martes 8 se cumplieron 51 años de la primera de tres inolvidables y emotivas confrontaciones sostenidas–que figuran las tres en los anales del boxeo entre las mejores y más interesantes peleas que recuerde la historia– por los icónicos Muhammad Ali y Joe Frazier, este en aquella oportunidad en defensa de los cinturones de la Asociación Mundial de Boxeo y del Consejo Mundial y a la postre el vencedor en quince violentos episodios en los que derribó al retador y excampeón Ali por la cuenta de protección en el 15° tramo con una relampagueante y recia izquierda en gancho al mentón de “El Más Grande”, segundos antes del fin del asalto.
Después del pleito, merecidamente publicitado como La Pelea del Siglo, que se montó en el entonces majestuoso Madison Square Garden neoyorquino, llamado en la época La Meca y el Templo del Boxeo, los exhaustos contrincantes fueron a dar al hospital, Ali con laceraciones en el rostro y en el cuerpo y Frazier con una preocupante subida de tensión. Fue la tercera actuación de Ali luego de la suspensión y el despojo de sus fajas en 1967, por tres años y medio, aplicada por negarse a formar filas en el ejército.
Un combate muy singular
No fue de ningún modo aquella del 8 de marzo de 1971, “una pelea más”. Estuvo rodeada de ribetes singulares, el más relevante de ellos el contexto político que la envolvió. Flotaba en el ambiente el racismo, con dos bandos furiosamente enfrentados. El Madison, el cuarto local con ese nombre, con un aforo para unas 20 mil personas, situado entre las 7ª. Y 8ª avenidas de La Gran Manzana, se quedó chico, no obstante el costo de $25 por entrada, que era un buen precio para cancelar las bolsas, increíbles para la época, de 2.5 millones de dólares para cada uno de los protagonistas.
Decíamos que no fue un evento deportivo más. En efecto, como apuntamos, hubo dos bandos bien diferenciados. De un lado estaban los más conservadores, en un elevado porcentaje de personas mayores, que veían en Frazier, al que apoyaban con fervor, como el símbolo de la Norteamérica tradicional y conservadora, al buen ciudadano, al peleador silencioso, de buenas maneras, que ejecutaba su trabajo sin estridencias. Y odiaban a Ali por era lo contrario de aquel, por su rebeldía, por su antipática petulancia y su hablar sin concertó y de río revuelto, por contestatario y rebelde, porque, decían, no quería a su país, por su negativa a enrolarse en el ejército, casi 4 años atrás, cuando en abril del 67, en la oficina de reclutamiento, se negó a dar el
paso al frente de rigor.
Y en el bando contrario se situaban los más jóvenes, los liberales, los bulliciosos seguidores del retador. Y lo idolatraban exactamente por los que aquellos, sus opuestos, lo odiaban. Todo aquello explicaba porqué el MSG se quedó pequeño para regocijo de un promotor poco conocido en el medio, Johnny Perenchio, y del dueño del equipo de basquetbol Lakers, Jack Kent Cooke, quienes se embolsarían después unos $ 11 millones por la recaudación y por la transmisión en circuito cerrado en más de 300 localidades de Estados Unidos, un relato que llegó a unos 300 millones de radioescuchas.
En el recinto se agrupaban también decenas de celebridades, entre ellas la cantante Diana Ross, el actor Frank Sinatra (un fanático del boxeo que trabajó como fotógrafo para una revista) y su colega Burt Lancaster, el cual fungió de comentarista y quien no paró de hablar, incluso varios minutos después de haber finalizado el combate.
Dejemos el ambiente imperante en el Madison y regresemos ahora a la pelea como tal, al cuadrilátero.
15 rounds explosivos
Cuando se midieron esa primera imborrable vez—los dos eran medallistas de oro en los Juegos Olímpicos de Roma 1960 (Ali) y en Tokio-64– estaban invictos, el exCassius Clay con 31-0-0,25 KO y Frazier con 23 anestesiados en 26 combates.
Desde el campanazo inicial el par de adversarios se enfrascó en una lucha incesante, a ritmo violento y sin pausas. Los entendidos de la época relataron luego en diarios y en otros medios de comunicación que la pelea había resultado tan emotiva por la coincidencia de dos estilos que encajaban. Frazier era el fuego puro, la candela, el que atacaba sin tomar respiro, que procuraba acorralar y despedazar al enemigo mientras este, de técnica reposada, superior en habilidad, más cerebral, a ratos se guarecía en las cuerdas y en las esquinas o se escapaba hacia los rincones o buscaba el control del centro del ring, sin dejar de responder a los ataques del agresivo contendor.
ansioso de pulverizar a quien le humilló y llamó Tío Tom y gorila en los días previos al encuentro. Quería matar, literalmente, a quien no le agradeció el apoyo que le dio cuando Ali fue suspendido y despojado del título, a quien dio dinero en momentos de apremios económicos, en favor de quien inclusive había hablado con el presidente Richard Nixon para que le devolvieran la licencia
de peleador y por ende dejar sin efecto la prohibición de combatir en el territorio nacional de Estados Unidos.¨
Quizás por aquellos motivos o quizás nada más porque era su manera habitual de actuar en el ring, Frazier no cesó en su objetivo único, ni en un solo minuto, de lanzar uppers, rectos, jabs, ganchos sobre todo, golpes a los que Ali respondió sin inmutarse y sin huir con su estilo de artista del ring, a ratos con los brazos a los costados como acostumbraba, “picando como una abeja y flotando como una mariposa”.
Fue, durante casi todos los 45 minutos de pelea, una lucha sin reposo que pareció llegaría a su fin antes de que terminara el tiempo reglamentario, en el instante en que Frazier catapultó su temible gancho zurdo que explotó en la barbilla de Ali, quien cayó con la cara hacia las luces, con la mirada perdida. Aun así, Ali, maltrecho y atontado, se puso de pie y se las ingenió para, trastabillante, oír el cierre de la batalla, el gong que indicaba que todo había concluido.
La expectativa se mantuvo, no obstante que la mayoría daba por descontado que la corona seguiría en las sienes de Frazier, hasta el mismo último momento en que el anunciador tomó el micrófono y anunció el veredicto: Por el antiguo sistema de puntuación por round el legendario árbitro Arthur Mercante dio 8 ganados,6 perdidos y 1 empatado, el juez Artie Aldala registró 9-6 y el tercer juez Bill Recht consignó un desatinado y absurdo 11-4, los tres en favor del campeón defensor.
Se cuenta, anecdóticamente, que unos pocos días más tarde, en Filadelfia, Frazier atendía a un reportero que le entrevistaba en un restaurante, naturalmente con la pelea como tema, cuando tres niños se acercaron a la mesa y uno de los chiquillos le dijo al campeón que “mi padre dijo en la casa que Ali perdió porque peleó drogado. ¿Eso es cierto?” Joe se puso de rodillas, abrazo al
niño y le respondió: ”Sí. Es verdad. Dile a tu papá que él, Ali, estaba drogado. Yo lo drogué con tres ganchos de izquierda.”
Tres años después, en el segundo enfrentamiento el 28/1/74 Ali tomó desquite a los puntos en una pelea abiertamente menos impactante, también en el MSG, y en una tercera en Manila, Filipinas, el 1/10/75, el musulmán, quien en octubre del ´74 había noqueado a George Foreman y era campeón AMB-CMB, ganó por retiro de Frazier en el 14° en la considerada más brutal pelea de la historia, incluidas todas las categorías. Ali dijo al bajar del ring, camino al vestuario que “nunca he estado tan cerca de la muerte.”
Joseph William “Smokin” Joe, quizás dueño del más mortífero gancho izquierdo de todas las eras, había nacido en Beaufort, Carolina del Sur, el 12 de enero de 1944, Peleó entre 1966-81 y se retiró con 32-4 (3KO)-1 y 27 nocauts. Falleció en Filadelfia, Pensilvania, el 7-11-2011. Ali, el que “volaba como una mariposa y picaba como una abeja” nació el 17-1-42 en Louisville. Boxeó entre 1960-81 y cuando dejó el ring totalizó 61 peleas para récord de 56-5 ( 1 por KOT)-0 y 37 KOS. Murió el 3 de junio de 2016 en Scottsdale, Arizona.




