El rendimiento de la selección Vinotinto no se puede evaluar por la derrota sufrida 3-1 ante Bolivia en La Paz. En las cuentas del equipo no figuraba sumar puntos en el techo del mundo, y menos aún con una plantilla repleta de bajas en todas las líneas.
La selección se resquebrajó desde el día que técnico José Peseiro anunció que no contar con la columna vertebral del once inicial por las lesiones del defensa central Yordan Osorio, el mediocampista Yangel Herrera y el delantero más confiable del equipo, Salomón Rondón.
A estas ausencias se sumaron las de Yeferson Soteldo y la de Darwin Machís, quien sufrió molestias en el entrenamiento en Santa Cruz de la Sierra y no puedo jugar contra Bolivia. Si con la plantilla completa las posibilidad de conseguir puntos en La Paz, eran francamente muy pocas, porque no había tiempo de realizar un trabajo de adaptación a la atura de La Paz, las lesiones de efectivos indispensables para el funcionamiento del combinado nacional obligó a Peseiro utilizar la segunda unidad.
Hubo un esfuerzo descomunal en el primer tiempo de Rómulo Otero, Tomás Rincón y Alexander González que permitió equilibrar el partido. Se sabía que la mejor posibilidad de acercarse al arco de Bolivia e infundir miedo era a través de los tiros de pelota detenida, en los que Otero es un artista plástico. Y la pegada del jugador del Corinthias de Brasil más el oportunismo de Jhon Chancellor para acompañar la jugada, buscar el rebote y mandarlo al fondo con anticipación felina, fue lo mejor de Venezuela en todo el partido.
El brindis de González para meter un par de piques suicidas que lo dejaron sin aliento, el intento de Otero de conducir y asociarse y la pelea solitaria que dio Rincón para imponer su jerarquía en la mitad del campo son puntos altos a valorar en medio de la derrota.
Pero como siempre, la flaqueza de la vinotinto sigue estando en el fondo de la cancha; una deficiencia que se hizo más notable en la altitud de La Paz, donde los extremos bolivianos corrían como Ferrari y los laterales de Venezuela avanzaban con el motor fundido, en cámara detenida, con la piernas pesadas por la hipoxia que condiciona las reacciones y los movimientos. La defensa de Venezuela fracasó para llegar a tiempo a las coberturas. En el primer gol del incombustible delantero altiplánico Marcelo
Martins, la selección se replegó casi hasta el arco de Joel Graterol y dejó una amplia franja disponible para que Martins recibirá sin marca el pase cruzado, se acomodara y fusilara al guardameta debutante.
El segundo tanto de Bolivia fue una típica jugada de pizarrón que César Farías solía utilizar en la Vinotinto. Un defensa se suma por sorpresa al ataque en los tiros de esquina y aprovecha el despiste de los zagueros que se ven en inferioridad numérica, pierden las marcas y el balón termina en el fondo de la red, como hizo Bejarano para aumentar la ventaja de los dueños de casa. El tercero de Martins fue producto de un excelente desmarque de ruptura para quedar liberado y rematar de cabeza con precisión.
En Bolivia es muy difícil sumar, por eso hay que rescatar la entrega de la Vinotinto en el primer tiempo. Esa imagen de lucha reflejada en los piques sobrehumanos de Alexander González, que lo dejaban jadeando y exhausto, vale recuperarla para el choque vital ante Uruguay.
La clasificación al Mundial se consigue sumando completo en casa, y es en el estadio Olímpico de la UCV donde la Vinotinto tendrá que poner el alma en cada jugada para superar el próximo desafío ante una selección de grandes nombres como la de Uruguay. Si cada uno corre como Alexander, Rincón y Otero lo hicieron en La Paz, habrá chance de dar pelea a los charrúas con más atrevimiento.
A Uruguay solo se le ha ganado con una propuesta atrevida en ataque
Las pocas veces que Venezuela ha vencido a Uruguay en eliminatoria suramericana ha sido con gran dominio del mediocampo, desplegando un fútbol de combinación, manejo de los tiempos y fluidez para conseguir espacios.
Uno de los más memorable triunfos de la Vinotinto del técnico Richard Páez en eliminatorias fue precisamente ante el combinado charrúa en el Centenariazo, cuando, en 2004, el talento de Gabriel Urdaneta, Juan Arango, Ricardo David y Luis Vera se unió en la mitad del campo para robarle el balón a la selección celeste y darle una zaranda de 3-0 en el mítico estadio de Montevideo, con los goles de Urdaneta, Héctor González y Arango.
Peseiro tiene que apelar a los mejores argumentos que atesora la plantilla: la pegada de Otero, la movilidad de Savarino y la habilidad de Machís para proponer y ganar duelos individuales, con el propósito de plantarle cara a Uruguay y tratar de imponer las condiciones del juego.
El problema del lusitano será rearmar la defensa. Cualquier planteamiento atrevido será inútil, si no está sustentado de una última línea sólida.
Uno de los quebraderos de cabeza de Peseiro es conseguir un lateral izquierdo que dé confianza. Al igual que sus predecesores ha tenido que lidiar con ese problema. Contra Bolivia, la solución fue colocar a MIkel Villanueva para aprovechar su condición de zurdo natural, pero el jugador del Sante Clara de Portugal tampoco aportó seguridad y fue desbordado en los duelos individuales.
El mejor lateral izquierdo de la Vinotinto sigue siendo Roberto Rosales, quien podría volver a esa ubicación ante Uruguay para que Alexander González juega por la derecha y se proyecte.




