¿Esté dónde esté en este momento, qué pensará Joshua Gibson de la decisión tomada el pasado mes de diciembre por MLB de otorgarle a las desaparecidas Ligas Negras el reconocimiento que las equipara histórica y deportivamente, con las Grandes Ligas? Entre todos los sentimientos y las reacciones que la medida trajo consigo, era ineludible el surgimiento de los más variados recuerdos, inolvidables y hasta trágicos, que tuvieron en Gibson a su protagonista principal.
Por sus logros traducidos en números, por sus legendarias hazañas, por el renombre alcanzado en su tiempo, hasta por su edad, si alguien merecía el honor de ser el primer afro descendiente en jugar en las Grandes Ligas, fue Gibson. Si acaso el lanzador Leroy Satchel Paige podía disputarle ese privilegio. En verdad, no era una escogencia tan sencilla como pretendemos hacer ver. Era indispensable superar obstáculos que finalmente pudieron derribar a Branch Rickey y los Dodgers de Brooklyn al seleccionar a Jackie Robinson en 1947. Pero Gibson bien que lo merecía.
Entre 1929 y 1946, no hubo en las Ligas Negras, como tampoco en ningún rincón de espacio alguno donde se jugara beisbol entre los Estados Unidos y el área del Caribe, donde hubiese un cátcher y sobre todo un bateador más poderoso y temible que Gibson. Lo llamaron “El Babe Ruth Negro”.
Tiene crédito de haber conectado 962 jonrones en su carrera de diecisiete años, en medio de temporadas que superan la imaginación, como las de 1931 con 75 cuadrangulares, la de 1934 con 69, y la de 1936 con 84 en un calendario de 170 juegos, primero con los Grises de Homestead, y los Crawfords de Pittsburgh a quienes ayudó a ganar nueve banderines consecutivos en la Liga Nacional Negra acompañado en el corazón ofensivo del temible Buck Leonard.
Gibson también dejó su rastro en las ligas de Venezuela, Cuba, México, Dominicana y Puerto Rico. En México soltó 44 vuelacercas en 450 turnos, y en Puerto Rico con los Cangrejeros de Santurce en el torneo 39-40, 13 en apenas 123 visitas al plato. Producción que el propio Gibson atribuía a tener detrás en la alineación al venezolano Vidal López.
Ni siquiera las nuevas generaciones, olvidan su kilométrico jonrón en el parque Sixto Escobar en la cuidad de San Juan, que cayó en los arrecifes del Escambrón, así como tampoco su average de .479, todavía el más alto en la historia de la liga boricua.
Pero no todo era color de rosa. El alcoholismo, las drogas y la depresión lo consumieron de a poco. Una vez la policía lo detuvo en las calles del Viejo San Juan por donde andaba completamente desnudo. Murió a los 36 años en 1947, justamente el mismo año en que Jackie Robinson llegó a las mayores como el primero de su raza en pisar un campo de grandes ligas. Ese fue el más duro de los golpes que pudo sufrir.




