Cuando el cuarto árbitro del partido pronunció la palabra “negro” para referirse a un jugador del Istanbul Basaksehir, no solo estaba pisando los peligroso territorios de lo prohibido, sino que estaba rescatando desde los profundo de las memorias el odioso y odiado racismo.
Hay aún gente ingenua que cree que en la sociedad contemporánea la discriminación es asunto del pasado, que ya el respeto por las razas está instituido y que no hay razones para preocuparse. Todo es un sueño incumplido, porque el tono insolente de Sebastian Coltescu desdice toda ilusión y meten a la humanidad es una calle sin salida.
Si una autoridad como es un árbitro de fútbol, con todo el bagaje que se supone ha de tener, se abre y muestra su verdadero talante en un partido de la Champions League, ¿entonces qué se puede esperar de la gente común, del aficionado común?..
El racismo vive entre la raza humana desde que el mundo es mundo, y hoy, en medio de una sociedad en la que el premio mayor es el exitismo está tan presente como en cualquier época.
El arquetipo del triunfador sigue siendo el hombre blanco, bien vestido y peinado, y si es rubio, cuánto mejor; la fortuna está de ese lado y contra eso parece no hay quien pueda. Pero aunque esto se ha ido derrumbando con la competencia y los estudios especializados de mujeres y hombres de todas las razas y condiciones, aún hay quien sueñe, como los Adolf Hitler del siglo XXI, con esa perfección aria. Y según lo visto y oído, parece que Sebastian Coltescu es uno de ellos.
Desterrar a la discriminación sigue siendo, a pesar de los intentos, una distopía, pero como dijo alguna vez Jhonny Villarroel en las páginas del suplemento Feriado en El Nacional, “la lucha continúa”…
El adiós de Paolo Rossi ha traído rememoraciones en dos vías. Duele que alguien que fue noticia y que le dio al fútbol tantas alegrías ya no esté, pero también trae a la memoria de los latinoamericanos la amargura de su gesta en el Mundial España 82, cuando con tres goles eliminó a Brasil y abrió camino para el título de Italia.
Su obra futbolística obligó a los brasileños a pensar en la modificación de su concepción, a pasar del juego de belleza al juego práctico y resultadista. Rossi fue un vagabundo del fútbol porque divagó de un equipo a otro, estuvo suspendido por aquel lío de las apuestas y luego recuperado para la selección azul.
Terminó su andar aún joven, a sus 31 años de edad, echado a un lado porque las lesiones no lo dejaron continuar. El atacante, flaco como una espiga y hábil como una serpiente, dejó sembrada su historia, que completó con un gol ante Alemania en aquella final del estadio Santiago Bernabéu.
Nos vemos por ahí.




