Dentro de siete días, una semana según el calendario que rige nuestras vidas, Venezuela tendrá cosas para decir. Solo que ante las circunstancias actuales no da para creer que podrán ser frases frescas y de aliento, sino de los malos presagios que el fútbol del país ha acostumbrado a una afición que pase lo que pase mantiene viva la llama de su fe.
Leonardo González ha sido el nombre señalado que, ido el portugués José Peseiro, ocupará el incómodo lugar de dirigir a un equipo que no sabe a qué atenerse.
Ya antes se había comenzado a hablar de posibles entrenadores para la Vinotinto; además del finalmente elegido también se mencionó a Rafael Dudamel y a un posible teórico argentino, pero ¿eso importa ahora, a estas alturas de la cosas, cuando la maraña de enredos y tragicomedias hacen zozobrar en medio del océano a un barco que no consigue la deriva ni el rumbo a puerto?…
Entonces, ¿habrá medido González su atrevimiento al tomar al equipo en esta situación y poner en entredicho su prestigio personal? ¿Eso no sería, más que un deseo profesional, correr una aventura que podría tener un final infeliz? El hombre asumió esa responsabilidad con una condición y en aras de salvar su pellejo: conductor interino, montarse en la nave para un pronto bajar.
No tendrá como objetivo imponer condiciones ni nuevas reglas de comportamiento, sino que, con indicaciones mínimas dejar que sean los jugadores de más experiencia, Tomas Rincón, Salomón Rondón, los que se ocupen de operar las palancas desde la sala de máquinas.
Si caen más derrotas, si la Vinotinto se expone a ser bufón de palacio, pues la culpa no será del que llega sino de los que ya estuvieron. No quisiéramos decirlo porque no nos gustaría revivir fantasmas del pasado, pero por ahí hay gente que vuelve a añorar, complacida y con nostalgia, la figura de Rafael Esquivel…
Pero como siempre hay en la pared negra tonos grises, esperanzas en medio de tanto desasosiego, hay que rescatar al futbolista venezolano. Por encima de toda circunstancia, más allá de toda maledicencia, suele dar batallas insospechadas.
Ante Argentina se le ha dado bien en las lides premundialistas, y por mucho que sea el pesimismo hay que pensar en esa mística tan venezolanista inculcada en los jugadores.
Caer ante los argentinos, Perú y Paraguay sería no solo mirar a Catar más lejos que más nunca, sino volver a los días indeseables, amargos y remotos cuando la Vinotinto se cocinaba en el fuego rápido de derrota tras derrota. Nos vemos por ahí.




